La pandemia ocasionada por el Covid-19 obligó a que el retorno de la actividad deportiva no cuente con la asistencia de espectadores a los estadios, como ocurrió el pasado fin de semana en Alemania, revelando que entre silencios y soledades nada atractivo ni emocionante puede construirse   

Una imagen. Dos. Diez. Cien. Mil. Todas imágenes desangeladas. El fútbol sin público que devolvieron los partidos de la liga alemana que llegaron a la Argentina fueron demoledores. Porque desarmaron en un instante sin urgencias cualquier pretensión de encontrarle algo que fuera atractivo, emocionante o generador de algún tipo de pasión.

Si el extraordinario gol de Diego Maradona a Inglaterra en México 86 se hubiera concretado en un estadio Azteca vacío, seguramente ese gol memorable y quizás irrepetible en el marco de un Mundial, no habría expresado la verdadera magnitud de su belleza. Porque la belleza también necesita complicidades, adhesiones, celebraciones.

Las postales del fútbol en Alemania que se vieron en el último fín de semana revelaron la importancia intransferible de las audiencias. Sin audiencias se evapora la magia, aunque la magia pueda estar presente. Sin un ida y vuelta más o menos virtuoso entre el protagonista y el público, se quiebra la posibilidad de conmover.

Y el fútbol, como cualquier otra manifestación deportiva y artística, necesita como el agua que se proyecte una vibración colectiva. Que es contagio, alegría o dolor, desmesura o quietud, estruendo o prudencia. Pero juega sin pausas en la subjetividad de todos. Y juega antes, durante y después del hecho consumado.

La televisión digital o anacrónica transmite la soledad de un estadio fantasmal, desnudo, desagradable. Y la pregunta se hace sola: ¿para quienes juegan los futbolistas? ¿Para ellos? ¿Para nosotros? ¿Para nadie? Es cierto, el fútbol en la grave emergencia sanitaria que padecemos tiene que regresar de a poco. Porque de otra manera no puede volver.

Las multitudes, por ahora y no se sabe hasta cuándo, quedaran pegadas en las paredes invisibles de la memoria. Lo que se mostró en Alemania parecieron ser los flashes de una ficción, que no es una ficción. Son los jugadores sobreactuando el festejo de un gol. O de un golazo. No hay diferencias. No podría haberlas. No se las adivina auténticas. Como si uno descubriera en una película o en una obra de teatro que el actor o la actriz no se cree la densidad del personaje que está interpretando. Porque no lo siente. No lo vive. No lo transmite.

Si no existe esa fe poética que reivindicaba ese paisajista de la aldea que es Alejandro Dolina, la química no se produce. Y sin química no hay espectáculo. No hay color. No hay clima. No hay sensibilidad.

El escenario es la gente. No es un templo sin almas. No es Wembley, el Maracaná, la Bombonera, el Bernabeu, el Giuseppe Meazza o el Morumbí levantándose como monumentos despojados de gritos, abucheos y ovaciones. El público les dio dimensión de coliseos sagrados del fútbol de todos los tiempos.

Tendrá que continuar jugándose entre silencios y soledades. Pero no le pidan a nadie que en el desamparo encuentre una perla escondida en medio del desierto.

El fútbol no es lo que se vio en Alemania. Antes que ese rasgo de quebranto y frialdad inocultable, sería preferible esperar. Un poco más. Para que el fútbol pueda develar la identidad que siempre tuvo.

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