Después de una pausa de varios meses, producto de una injusta suspensión, el astro del fútbol mundial regresa a una Selección que viene experimentando un crecimiento individual y colectivo que sin ser notable es muy valioso y que tendrá como examinadores en esta doble fecha FIFA a Brasil y a Uruguay

Vuelve Lionel Messi a la Selección Argentina después de tres meses de suspensión, en el contexto de aquella expulsión ante Chile en la Copa América y las posteriores declaraciones que la atribulada Conmebol consideró ofensivas. Otro regreso después de varios regresos. En esta oportunidad frente a Brasil en Arabia Saudita.

La particularidad es que Messi volverá a vestir la camiseta nacional sin obligaciones de rescatar al equipo de las tinieblas. Obligaciones futbolísticas que en muchas oportunidades lo terminaron desbordando. O en todo caso no pudiendo ofrecer el caudal de talento y desequilibrio ofensivo que el mundo le reconoce.

En esta ocasión, Messi no llega como el salvador de la patria. Llega para sumarse a una Selección que luego del colapso en Rusia 2018, fue brindando señales y dejando mensajes concretos que algo valioso se estaba gestando bajo la conducción de Lionel Scaloni, quien sigue padeciendo la inquina de ciertos sectores del ambiente del fútbol argentino que lo miran y lo juzgan como si fuese un enemigo declarado que postergó el arribo de Marcelo Gallardo.

Era y es el Muñeco Gallardo el objeto de adoración y de culto de esos sectores del ambiente que parecen no perdonarle a Scaloni su permanencia en el escenario de la Selección. Lo querían ver afuera hace unos meses. Y lo quieren ver afuera, ahora. El problema insalvable que encuentran es que esta nueva Selección que se armó luego del Mundial, viene mostrando lo que no es fácil de mostrar: una idea para abordar el juego y unos rasgos de funcionamiento que por supuesto tienen que consolidarse.

Lo importante es que Messi se incorpora a un equipo que no es una cáscara vacía, como lo fue en otras etapas muy recientes y muy mediocres. Que hoy tiene un perfil. No espectacular. No extraordinario. Pero sí auspicioso y positivo. Porque se advierte sin demasiado esfuerzo intelectual que la Selección evoluciona. Que deja un balance favorable en cada partido. Como por ejemplo lo hizo en la última doble fecha FIFA (en la primera quincena de octubre) cuando en gran reacción empató 2-2 ante Alemania y venció con una holgura sorprendente por 6-1 a Ecuador.

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Los cruces frente a Alemania y Ecuador revelaron el crecimiento que experimenta la Selección, aún sin Messi ni Sergio Agüero, quien también fue nuevamente convocado para los partidos de este viernes con Brasil y ante Uruguay, en Tel Aviv, el próximo lunes.

El desafío no menor para Messi es darle al equipo el salto de calidad que en el plano teórico siempre está en condiciones de ofrecer. Esto no lo discute nadie. Ni los negadores de Messi. El tema es después traducirlo en la cancha con una camiseta que no sea la del Barcelona. Los esfuerzos y las sucesivas frustraciones de Messi para funcionar en la Selección como en el Barça siempre se manifestaron como episodios de complejísima resolución que agotaron todo tipo de explicaciones y de diferentes búsquedas y estrategias futbolísticas.

Podría afirmarse sin dejarnos llevar por temeridades, que sería la primera vez que Messi tiene la posibilidad de conectar con una Selección que supo jugar bien sin su presencia antes y sobre todo después de la Copa América en Brasil. Cuando nos referimos a jugar bien es a jugar a favor de un concepto que remite a cierta identidad imposible de ocultar: el buen manejo de la pelota, con un volante como Leandro Paredes como eje central de la circulación y la distribución.

Es Paredes y no otro el líder ideológico de la Selección. El que marca los tiempos en la salida y en la progresión. Es, en definitiva, el jugador más influyente de Argentina. Que comanda la presión en terreno propio o ajeno y que luego de ganada la pelota suele aportar un primer pase agresivo e inteligente. Y con el que Messi debería interactuar más allá de la frontera del medio y en tres cuartos.

Sin dudas es muy interesante la chance de observar a Messi dentro de un equipo que expresó tener un orden colectivo apreciable y recursos individuales para agredir en ataque. A esa estructura que está en proceso de fortalecimiento, Messi tendría que prestarle su genio para enriquecer el producto final. El partido contra Brasil en Ryad será también una prueba muy valiosa en función de las Eliminatorias del año próximo.

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