El empate 1-1 frente a Patronato en La Bombonera dejó a Boca buscando una explicación. Sin Centurión, se quedó sin vuelo ofensivo. Pero el problema del equipo trasciende a la presencia o ausencia de Centurión. La deuda está enfocada en el funcionamiento que no tiene. Por eso no controla ningún partido. Ni aún los que se presentan como muy favorables.

El entrenador Guillermo Barros Schelotto lamentó la ausencia de Centurión en el frustrante 1-1 ante Patronato. Pero Boca no jugó mal contra Patronato porque Centurión se quedó afuera, lesionado, en la práctica del sábado previo al partido.

Boca es el líder del campeonato a 10 fechas del cierre y con una ventaja sobre el segundo (Newell’s) de 5 puntos. Los resultados que viene conquistado el equipo son buenos. El fútbol que juega, en cambio, es sin dudas mediocre. Con y sin Centurión. Cuando está Centurión, tiene desequilibrio a favor de la gambeta ofensiva del ex jugador de Racing. Pero no tiene funcionamiento. Ni antes con Tevez ni después sin él.

Es cierto, Boca nunca resigna el ataque. Intenta asociarse en el medio con Pablo Pérez, Gago cuando está disponible (en pocas oportunidades) y el uruguayo Bentancur. Arriba pretende ser vertiginoso. Esta es la idea que cultivan Guillermo y Gustavo. Ser arrollador en La Bombonera, liberando a los laterales, presionando alto y aprovechar los espacios de visitante cuando los adversarios asumen mayores riesgos.

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En el campo de la teoría que el fútbol de todos los tiempos siempre despreció, no existen objeciones. En la cancha, es otra historia. Centurión resuelve algunos problemas a partir de su habilidad para imponerse en el uno contra uno. Pero como Centurión no es un armador y ninguno de los volantes lo es, Boca tiene una deuda estructural que lo atrapa: no cuenta con una orientación futbolística ni estratégica. Entonces aparece y desaparece de todos los partidos. Y compromete el desarrollo de todos los partidos. Aún de los que se le presentan como muy favorables. El 1-1 frente a Patronato fue una evidencia contundente.

Quizás para entender a este Boca hay que viajar al pasado. Y detenerse en aquel Boca macizo que dirigía Carlos Bianchi y en el que jugaban Guillermo y Riquelme. Guillermo nunca se bancó las pausas y los tiempos que se tomaba Román para elegir el destino de cada pase. El quería como puntero picar y que Riquelme le pusiera la pelota a espaldas de su marcador. Pero Riquelme, con apenas 20 años en el segundo semestre de 1998, se expresaba a partir de su interpretación del juego y no de lo que le pedía el Mellizo, más sensible al fútbol vertical que al fútbol de elaboración.

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El disgusto futbolístico de Guillermo con el juego circular de Román nunca cedió. Siempre se mantuvo en pie aún en los períodos más exitosos del equipo. Y se profundizó con los años, aunque prevalecieron las conductas políticamente correctas de ambos y la muñeca inteligente del Virrey Bianchi para celebrar acuerdos diplomáticos dentro y fuera de la cancha. Claro que Riquelme nunca ocultó que entre Barros Schelotto y el Chelo Delgado, él se quedaba con Delgado, aunque Delgado tuviera características de contragolpeador. Pero la química con el Chelo superaba todo.

Después, ya en el rol de técnico, Guillermo fue fiel a las preferencias que antes había manifestado como jugador. Nada de pausas. Nada de tiempos muertos. Mucho ritmo. Mucha aceleración. No para tirar pelotazos. Sí para construir fútbol de ataque. Sin un diez clásico en el equipo. Sin un biotipo parecido a Riquelme. Sin enganche. En aquel Boca demoledor de Bianchi, según la lectura particular de Guillermo, las formas y los métodos de Román para jugar al fútbol paraban al equipo. Le quitaban revoluciones. Y lo hacía desgastar picando y frenando para no caer en posición adelantada porque no lo habilitaba cuando él quería.

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Esas formas y métodos que reivindicaban la pausa y la circulación de la pelota hasta que se generen los espacios, Guillermo en la función de entrenador lo desestimó. El buscaba un fútbol más directo. Sin influencia de un organizador clásico. Sin la presencia de alguien que interprete el rol de un armador que junte las piezas.

Así se mueve este Boca. Va y viene con muy poca lectura de los espacios. No controla. No se defiende con la pelota. No la sabe conservar. No la administra. No muestra autoridad, en definitiva. Puede apurar el desenlace de cualquier partido en un par de maniobras fulminantes. Pero puede quedar muy mal herido en una ráfaga, como le sucedió contra Patronato. Esa ausencia de seguridad mínima es, en realidad, la ausencia de un funcionamiento que nunca se expresó.

Lo que sí reveló el equipo fueron las resoluciones individuales. Antes con Tevez, algo de Gago y la presencia discontinúa pero inquietante de Centurión con su equipaje de inspiración y gambeta de autor.

Centurión no le regaló a Boca grandes funciones. Pero quizás con algunos arranques estupendos pudo ocultar parcialmente ciertos relieves no deseados del equipo que el último domingo quedaron en evidencia. No estará Centurión en los próximos partidos. ¿Qué hará Boca de aquí en más? La preocupación de Guillermo y Gustavo, en principio, son una respuesta. La mejor respuesta.