El mundo se está transformado de manera drástica. Esto que hoy estamos viviendo tiene poco que ver con lo vivido hace veinte o treinta años nada más y, a su vez, es muy distinto a lo que viviremos dentro de dos o tres décadas. Son cambios que impactan en la manera de relacionarnos unos con otros, en la comunicación, en el acceso a la información, en el universo del trabajo, en los viajes, la salud, los modos de enseñar y de aprender. También a gran escala en los países, sus sociedades y sus economías.

El futuro se acerca rápidamente y es difícil anticipar qué forma tendrán los trabajos de las próximas generaciones. Pero sabemos que esos trabajos serán distintos a los de hoy. También sabemos que aquellos países que inviertan en desarrollo humano contarán con una ventaja competitiva, porque podrán preparar a sus jóvenes en las habilidades necesarias para crecer y responder a las demandas laborales del siglo XXI. Necesitamos ubicar a la educación como la prioridad máxima de la sociedad argentina para anticipar estos cambios y garantizar que los niños de hoy, adultos del futuro, tengan las capacidades para vivir y desarrollarse plenamente.

El desarrollo humano debe ser nuestra obsesión. Es mucho más que un simple indicador de crecimiento económico. Se trata de lograr una evolución sustentable, integral y profunda de la sociedad.

Para esto, los argentinos debemos modificar los esquemas mentales que nos impiden trabajar en equipo y mirar el largo plazo. No podemos seguir esperando con la excusa de que hay temas más importantes para esta etapa. La educación debe ser prioridad de la agenda pública. Claro que sería fundamental que los gobiernos por sí solos elevaran esta bandera, pero somos todos nosotros quienes debemos luchar para esto. Una sociedad civil comprometida con la educación pública de calidad es quien puede lograrlo.

Hoy estamos viviendo en Argentina varias décadas de una democracia plena. Con sus defectos, pero plena. Esto es algo por lo que debemos sentirnos orgullosos. La sociedad argentina es la responsable de haberla conseguido y somos sus principales guardianes. Ahora debemos exigir y lograr una sociedad basada en el conocimiento que nos permita de una vez por todas dejar de vivir por debajo de nuestras posibilidades. Para esto no debemos ser mezquinos ni tener una visión de corto plazo, porque quizás nosotros no lleguemos a ver ese futuro próspero. Eso no es lo importante. No es por ver el fruto que el fruto llegará, sino por la responsabilidad cotidiana de arar la tierra, plantar la semilla y cuidar que esos brotes no se sequen, no se quemen, no se ahoguen. Se trata de una verdadera revolución. La revolución del conocimiento en Argentina es imprescindible. Una revolución de la que debemos ser protagonistas.

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