Maestra jardinera con pasado de catequista villera y presente universitario, esta mujer de 50 años tiene el mérito de haber formado hace 13 años junto a su esposo una familia numerosa a fuerza de puro amor.
Adriana es una de las tantas madres que hoy vivirán su día rodeadas del cariño de sus hijos y esposos, pero para esta maestra jardinera que está completando su segunda carrera universitaria, el reconocimiento que encierra la recordación cobra un valor aún más profundo, por más que su tierna humildad no permita verlo de ese modo, baje el perfil y eleve el de sus seis chicos, los que desde hace 13 años iluminan el hogar que formó junto a su esposo Dani.
Adriana Deibe, de 50 años, fue protagonista junto a Daniel Vallone, su marido, de una monumental historia de amor cuando decidió adoptar a seis hermanitos que habían quedado huérfanos tras la muerte de sus padres y que residían en la colonia Mi esperanza, en Isidro Casanova.
Por aquellos días Adriana y Dani, como lo llama su mujer, llevaban poco más de un año de casados. Al conocer el caso, la situación de esos nenes los conmovió.
El jardín de infantes 930 del barrio Esperanza, allí nomás de la colonia, fue el medio que le permitió a Adriana enterarse de la realidad que vivían tres de los hermanitos que concurrían al preescolar, ya que el resto asistía a la primaria.
“Eran los únicos chicos de la colonia que se quedaban allí toda la semana porque no tenían familia” relató Adriana a HISTORIAS DE VIDA, en un descanso de su actividad como estudiante de la carrera de Trabajo Social en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM).
Natalí, Cintia, Martín, Jaqueline, Alexander y Pedro, que vivían en una casa muy humilde en la ruta 21, en González Catán, habían perdido en pocos meses a sus padres; la mamá primero y el padre poco después, ambos diezmados por el cáncer.
“La madre los dejó en la colonia cuando ya consumida por la enfermedad cuando fue a internarse al hospital Paroissien -contó-. Poco después -precisó- murió el padre de los nenes que era mozo”.
Días difíciles
Si algo valorizó lo que los padres les habían dado pese a lo pobres que eran fue una crianza a todo amor. Así, tocada en lo profundo de su sensibilidad, empezó primero a visitarlos en la colonia, después a pedir permiso para llevarlos a su casa los fines de semana y por último, a pensar en adoptarlos.
“Al principio la trabajadora social de la Colonia no quería que los adoptáramos porque no estábamos inscriptos como matrimonio en ningún registro de adopción”, destacó Adriana.
Los chicos aceptaron y primero llegó la guarda provisoria para, finalmente, consumarse la adopción concretada en los Juzgados de Menores de Gregorio de Laferrere.
“Al principio fueron días difíciles pero después las cosas se fueron acomodando” señaló Adriana, que a pesar de la familia numerosa siguió trabajando como maestra jardinera en el jardín 902, de Virrey del Pino, se recibió como licenciada en Comunicación Social y ahora tiene aprobado el 60 por ciento de la carrera de Trabajo Social.
“En la casa cada uno tiene una función para ayudarnos entre todos” aclaró la madre orgullosa porque cinco de sus hijos sean actualmente universitarios.
Y también se siente feliz y satisfecha porque aquel sueño compartido con Dani de formar una familia numerosa, es fin y al cabo una realidad enaltecida con la fuerza del amor que en un día como hoy constituye un ejemplo.