Al frente de una empresa recuperada que sucumbió a fines de los 90 por la desidia de sus dueños, un obrero es el ejemplo vivo de la lucha y el sacrificio que emprendió junto a un puñado de compañeros.
Aunque sea el presidente de la cooperativa de trabajo que revivió una empresa abandonada por sus dueños, Federico Avendaño llega de madrugada a la planta. El viaje de unos 15 kilómetros entre su casa, en Virrey del Pino, y la Fundición LB, en Gregorio de Laferrere, es el mismo que en los tiempos de crisis, cuando en la fábrica pagaban sólo los viernes unos pocos pesos en ventanilla como adelanto de un sueldo cada vez más lejos, llegó a hacer como otros compañeros, caminando.

Ahora ya está jubilado pero no por eso le saca el cuerpo a esa vocación por el trabajo que en su caso es una verdadera marca cultural. "Si uno nació para trabajar, tiene que hacerlo", es el concepto simple y preciso que predica y ejerce.

En la sala de reuniones de la fábrica recuperada, que es cooperativa de trabajo desde el 23 de julio de 2002, Federico reafirmó ante HISTORIAS DE VIDA esa manera de pensar que inculcó en su hogar a los tres hijos que tuvo con Ceferina, su esposa, a quien le adjudica haber sido el acicate personal que tuvo siempre, especialmente en los días en que el salario era unos pocos billetes y durante la toma.

"Subsistíamos con lo que nos donaban los vecinos y comerciantes de la zona, o lo que nos daban los automovilistas a los que les pedíamos una ayuda para mantener la ocupación" puntualizó.

"Es más, había compañeros que no tenían para irse a su casa por lo que se quedaban en la planta y recién cuando podían juntar unas monedas para el colectivo, volvía con la familia", recordó este santiagueño de Chilca Juliana, el pueblo donde nació hace 59 años.

  • Hijo de ley

De allí vino a los 14 años, cuando estaba a cargo de dos tíos que le alivianaban la tarea de crianza a su madre, Celestina Avendaño, que lo tuvo de soltera y ahora de viejita vive con Federico. Ya en Buenos Aires, la construcción fue el primer gremio hasta que por un aviso en un diario en 1993 ingresó a La Baskonia sin imaginar los sinsabores que lo esperaban ni el rol que iba a desarrollar en una fábrica recuperada que hizo historia.

Asistidos por la Municipalidad de La Matanza, las cosas empezaron a encaminarse cuando la provincia de Buenos Aires expropió el terreno y con el apoyo del abogado Luis Caro definieron a la cooperativa que de a poco, sin créditos y contra la corriente empezó con la producción.

Federico sostuvo que "logramos levantar la empresa y si bien hoy no nos llevamos un sueldazo, mantenemos el trabajo para los 76 compañeros que somos. En el 93 -afirmó- cuando ingresé, éramos 260"

La planta, casi marchita hace trece años en el marco de una Argentina devastada por la crisis, tiene en la actualidad una importante cartera de clientes y ningún proveedor desconfía de las posibilidades de pago de la cooperativa.

"Como se ve, es un verso eso que el obrero no sirve para manejarse solo. Yo no tengo estudios, no sabía leer ni escribir y estoy al frente de esto, ahora de nuevo -aclaró- tras haberme tomado un año de descanso".

Si por Federico fuera, nunca se iría de la fundición por la que tanto luchó y es por eso que disfruta ese sentido de pertenencia que lo lleva a que todas las mañanas, entre las 5 y las 5.30, ingrese a la planta, en un horario en el que muy pocos patrones honran con su presencia la bendición del trabajo."

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