Con otros 400 soldados continentales, Claudio, que enfrentó cara a cara al enemigo, espera el reconocimiento para todos los movilizados por el conflicto de Malvinas que también hicieron un sacrificio por la Patria.
En la carpa donde hace 1.642 días viene reclamando junto a otros 400 soldados continentales que el estado les reconozca su condición de veteranos de guerra por haber participado del conflicto bélico por Malvinas, Claudio Barcos rememora una acción que lo tuvo como protagonista en mayo de 1982, cuando comandos británicos atacaron la base de la Fuerza Aérea pero no en las islas, sino en las afueras Comodoro Rivadavia, donde el enemigo había desembarcado inadvertidamente.
El relato de Barcos, de 48 años, casado y padre de dos hijos de 18 y 20, refiere a un detalle al cual la historia oficial de la contienda del Atlántico Sur se empecina en ocultar: los ataques del enemigo al continente en pleno desenlace de la guerra.
Barcos, que vivió años con el secreto que las autoridades de la base que defendió lo obligaron a guardar, empezó a sentirse más liberado cuando decidió romper el silencio y desde que encontró en Plaza de Mayo un precario campamento donde había otros ex soldados con historias similares a la suya, pelea más convencido por su reivindicación.
“Un día pasé por acá, me enteré de lo que hacían y quise ser parte de esto, ya que también aquí encuentro contención” explicó a HISTORIAS DE VIDA porque, aclaró, aquello que tenía guardado dentro, “no lo contaba por miedo a que nadie me lo creyera”.
Lo que este carpintero y lustrador de muebles residente en Merlo que vive de los trabajos ocasionales que consigue en su actividad guardó, es la lucha que entabló junto a un solado Alejandro González y el cabo Daniel Bustos en la madrugada del 22 de mayo del 82, en uno de los puestos de guardia diseminados en torno a la base aérea de Comodoro.
El ex conscripto clase 63 recordó que como integrante de la Compañía Policía Militar Escuadrón Tropa de la VII Brigada Aérea con asiento en Morón, fue trasladado a Comodoro a poco de iniciadas las hostilidades. En una de las guardias junto a su compañero González, percibió una serie de movimiento extraños, casi imperceptibles, indicadores que algo estaba mal. Medianoche agitada
“Era medianoche y la visión que teníamos en el puesto era amplia. Mi compañero González me dijo que había visto moverse algo y de hecho, a los minutos se nos apareció un tipo todo vestido de negro, con ropa ceñida al cuerpo, pasamontañas, equipo de visión nocturna y un cuchillo, que se abalanzó sobre González. Yo le vi los ojos -apuntóy en segundos, como doce o catorce más subían por la colina en la que estábamos. Ya disparaban y entonces con mi fusil barrí la zona porque eran un montón y se los veía por todos lados. Enseguida -dijo- llegó la patrulla nuestra que tiró bengalas para iluminar la oscuridad”.
“Delante nuestro habían quedado tirados dos de los atacantes, uno no sé si estaba vivo, a quienes los cargaron en un camión y se los llevaron” precisó, para luego detallar las casi seis horas de presión que en el mismo puesto o ciales de la base ejercieron sobre Barcos y González para que no contaran a nadie la acción que habían protagonizado.
“Un día decidí que no podía cargar con eso solo y empecé a juntar documentación y testigos” algunos de los cuales contactaba después de hacer una changa con la cual reunía el dinero necesario para pagar las llamadas de larga distancia.
“Si de algo estoy contento es con los años la verdad fue de a poco saliendo a la luz”, subrayó Barcos quien, sin embargo, espera por una reivindicación para el conjunto de los ex soldados que, como otros, sufrieron el olvido pero que como ninguno fueron negados.
Para Barcos de ninguna manera fue fácil contar aquello de lo que fue partícipe durante la Guerra de Malvinas. Y no sólo por las trabas propias que durante años se impuso al punto que ni siquiera compartió aquella experiencia con su familia por temor al descrédito.
Cuando resolvió ir al frente de su verdad luego de dejar atrás la presión de sus superiores en el propio lugar, Barcos tuvo que bregar mucho para recolectar pruebas y testimonios y, posteriormente, trasladar el tema al plano de la Fuerza Aérea.
“Tuve el teléfono intervenido, cuatro abogados que me gestionaban la veteranía de guerra no me dieron más bola de la noche a la mañana y pasé un momento difícil en el edificio Cóndor cuando presenté un declaración jurada en la que decía que sin haber estado en las islas, había combatido”, detalló.
“En medio de un gran revuelo me exigieron que en ese casillero no pusiera nada, a lo cual me negué”, apuntó. “No me pueden seguir diciendo que oculte que me cagué a tiros con el enemigo y que hice prisioneros en una acción ocurrida del otro lado de la línea del TOAS”, concluyó. Presiones para negar la verdad
Para Barcos de ninguna manera fue fácil contar aquello de lo que fue partícipe durante la Guerra de Malvinas. Y no sólo por las trabas propias que durante años se impuso al punto que ni siquiera compartió aquella experiencia con su familia por temor al descrédito.
Cuando resolvió ir al frente de su verdad luego de dejar atrás la presión de sus superiores en el propio lugar, Barcos tuvo que bregar mucho para recolectar pruebas y testimonios y, posteriormente, trasladar el tema al plano de la Fuerza Aérea.
“Tuve el teléfono intervenido, cuatro abogados que me gestionaban la veteranía de guerra no me dieron más bola de la noche a la mañana y pasé un momento difícil en el edifi cio Cóndor cuando presenté un declaración jurada en la que decía que sin haber estado en las islas, había combatido”, detalló.
“En medio de un gran revuelo me exigieron que en ese casillero no pusiera nada, a lo cual me negué”, apuntó. “No me pueden seguir diciendo que oculte que me cagué a tiros con el enemigo y que hice prisioneros en una acción ocurrida del otro lado de la línea del TOAS”, concluyó. Acampe pacífico a cien metros de Casa Rosada
Claudio Barcos no está solo. Otros 400 soldados movilizados durante Malvinas dan vida al campamento TOAS (la sigla del Teatro de Operaciones Atlántico Sur) levantado a unos cien metros de la Casa Rosada.
Luis Giagnini y Eduardo Ochoa son los referentes del grupo que reclama por su derechos y definen la protesta como un “acampe pacífico” por la inclusión en las leyes y decretos que reconocen sólo la actividad de los soldados que estuvieron dentro del área delimitada por el TOAS.
“Acá nos juntamos, hacemos catarsis y cerramos historias, como la de Barcos,” apuntó Giagnini sobre el fondo de un cartel que mira a la sede del Ejecutivo nacional y reza: “somos los soldados negados, olvidados y estafados”.
Ochoa, por parte, afirmó “en el acampe presentamos nuestra historia en forma de reclamo, por lo hechos que hemos vivido en el Atlántico Sur durante la Guerra de Malvinas”. En ese sentido precisó que “somos los soldados que fuimos desplazados en el Teatro de Operaciones en cumplimiento de las órdenes 182, 282 y 382 del Plan Esquemático de Defensa y Vigilancia del litoral marítimo y refuerzo de la posición Malvinas”.
“Malvinas nos parió a todos los que estamos acá y nos hermanó de por vida. Ahora falta que el Estado, haga de padre y nos reconozca como hijos”, argumentó Ochoa, para quien “todos los que estamos en el acampe, fuimos la estructura mayor de combate dentro del TOAS.