A los 35 años, un ex futbolista se apresta a retomar su formación sacerdotal nacida después de haber tomado conciencia que era portador de una vocación religiosa que descubrió cuando lo abrumaba el dolor
Mientras se prepara para reingresar al seminario y continuar su carrera hacia la ordenación sacerdotal, Sebastián Salimbene o Bocha, como se lo conoce en su Villa Constructora natal, no pierde oportunidad en mantener con Dios un diálogo íntimo y profundo por el cual ratifica su vocación.
En esos contactos Sebastián, de 35 años, repasa una y otra vez su vida, la que tuvo un hito importante un mediodía de diciembre de hace once años, a partir del cual su empeño por ganarse un lugar en el fútbol en donde llegó a ser titular de dos cuadros del ascenso, experimentó un cambio de frente que lo dejó de cara a una definición importante. La más importante tomada hasta entonces.
Atrás quedaron sus años en el baby fútbol donde pintaba como un valor destacado, su paso por las inferiores de Huracán, San Lorenzo, Vélez Sársfield y Almirante Brown, el club que le dio la oportunidad de debutar en primera con la camiseta número 5, la misma que vistió en Comunicaciones, y los avatares de una adolescencia abierta a las tentaciones propias de la edad.
"La vocación estuvo siempre pero fue como si de pronto se prendiera una luz" explicó Sebastián a HISTORIAS DE VIDA en el pequeño departamento que alquila frente a la cancha de Brown, en Casanova.
"Si hubiese sido bueno en el fútbol hubiera llegado porque tenía contención familiar, buena alimentación y mi viejo me llevaba a todos lados", aclaró. "Pero -sostuvo- creo que Dios me tenía preparado otro camino distinto al fútbol, los romances, los sábados en Jesse James y los trabajos que tuve".
A propósito, en el terreno laboral, el Bocha tuvo un amplio recorrido y así como vendió artículos de peluquería, perfumes, bolsas y almanaques por la calle, también supo ser seguridad en un negocio de ropa para mujeres en Liniers, actividades todas estas con las que sumaba ingresos al fútbol o le permitían subsistir en épocas de vacas flacas.
Cuando a fines de 2002 decidió encaminarse hacia una vida eclesiástica, "para mi familia fue una sorpresa y hubo amigos que lo entendieron y otros que no. El Chavo, por ejemplo- recordó- cuando le conté lo que estaba sintiendo me dijo 'ya se te va a pasar', pero no fue así".
Momento difícil
Con el tiempo perfiló más su postura e ingresó al seminario de San Justo, donde estuvo cuatro años hasta que una profunda crisis emocional lo hizo suspender los estudios sin que eso significara alejarse del Evangelio.
Volvió a la casa de sus padres y encaró por tres años una terapia de la que se hizo cargo el Obispado de San Justo, con la cual puso punto final a sus angustias para así retomar ahora en marzo con el seminario, como ya se lo hizo saber al obispo Baldomero Carlos Martini.
"En mi caso, la terapia removió la tierra seca y sacó la raíz vieja, pero en el fondo el que me sanó fue Dios", argumentó convencido que la técnica psicoanalítica y la fe "pueden complementarse".
Ahora el seminario donde continuará los tres años que le faltan para ordenarse se mudó a Mercedes, a un predio rodeado de verde y con una cancha de fútbol que según los seminaristas que consultó tiene las dimensiones de la River. Es más, esos mismos compañeros le propusieron que cuando vuelva al claustro no falte de los picados para volver hasta que se calce el de cura, a aquel hábito de dominar la mitad de cancha, ahora para que Dios defina arriba con la calidad de un diez.