Con varias materias cursadas en la universidad de la calle, Raúl Alberto Sánchez volcó experiencias y un don natural que lo distingue para que los pibes del barrio entiendan que el fútbol es algo más que ganar
Entre las fotos desparramadas en la mesa del living de su casa en Avellaneda, Cacho Sánchez repasa cada uno de los 35 años que lleva dedicados al fútbol infantil, la actividad que adoptó como una rama paralela a su condición de vendedor que hizo de la calle su local itinerante sin mostrador ni persianas.
Cacho, en realidad Raúl Alberto Sánchez, tiene 66 años y 42 de ellos los ha compartido con Betty, la madre de sus dos hijos, Fernando y Tati, y que siempre fue un apoyo invalorable para que el hombre de la casa pudiera realizar su vocación por el fútbol y los chicos del barrio.
Si Betty estuvo siempre, Cacho no fue en saga sobre todo desde que su esposa sufriera el doble embate de un tumor cerebral y un ACV que hace 8 años la privaron de la vista.
"Soy muy un agradecido de todos los que nos han dado contención después de este problema que sufrió Betty, como mi nuera Flavia, su hermana Mariel y la mamá de ambas, Elisa", afirmó Cacho a HISTORIAS DE VIDA, que rememora aún con angustia los siete meses que su esposa estuvo internada.
Ahora puede compartir tranquilo el mismo sillón con su mujer, algo que se tornaba difícil durante el noviazgo en casa de la chica, a raíz de la marca a presión ejercida por quien terminó siendo su suegro que a las diez de la noche daba por terminada la visita de los jueves sin otorgar ni un minuto de tiempo recuperado.
Menos mal que estaban los bailes del club Independiente, donde la pareja consolidó su relación y a los que Cacho una vez llegó con riguroso traje y corbata, como era de estilo, tras haber visto una demostración del Santos de Brasil ante el Rojo de Avellaneda en el entonces estadio de la doble visera. "Sí señor -aclaró por las dudas- fui a la cancha con traje".
Pero quien fuera un zurdo habilidoso del Club Pedales, de Dock Sud, a quien un entrenador malicioso lo fustigaba por no cabecear "ni siquiera en los velorios", se encontró un día que el fútbol debía darle su lugar al trabajo que encontró como vendedor en la calle.
En 1978 un amigo le ofreció la posibilidad de dirigir fútbol infantil en el Club Mitre, de Avellaneda. "No sabía nada pero la propuesta me apasionó y me dí cuenta -contó- que podía llegar a los chicos desde el cariño y mi pasión por el fútbol".
Menos Luna de Avellaneda, todos
El idilio con sus "cachorros", como Cacho llama a sus pequeños futbolistas, comenzó en ese mismo momento y de allí en más llegaron con los años otros clubes, también barriales, como Argentino, Barrio Unido y Crucecita, este último en dos etapas, en una de las cuales llegó a dirigir a su nieto menor. "La verdad que menos Luna de Avellaneda - en referencia al emotivo film de Juan José Campanella- estuve en todos" remarcó entre risas.
Mientras sumaba años dirigiendo categorías de fútbol infantil , su voz radiofónica le abrió espacio en la FM local 99.3 para conducir "Semillero de cracks" y más tarde, un programa para la tercera edad que le dio la chance de hacerse animador de las fiestas organizadas por los centros de jubilados.
Muchos de sus dirigidos se probaron en Independiente y más allá de la suerte que hayan tenido, sus "cachorros" se quedaron con el legado que Cacho repite en cada entrenamiento cuando les inculca que humildad, compañerismo y alegría son recursos básicos para encarar, desde el baby, todos los partidos que imponga el complejo fixture de la vida.