Sereno y con una tímida sonrisa dibujada en su rostro, el ex combatiente Jorge Soto asegura que hasta ahora ha librado todas las batallas. Las que tuvo que pelear obligado por la guerra de Malvinas, como las que le impuso la vida que tras aquella traumática experiencia en el archipiélago, un día le arrebató a su esposa.
Esa desgracia, como relató a HISTORIAS DE VIDA, lo transformó en padre y madre a la vez porque se hizo cargo de sus tres hijos, el menor salvado por los médicos luego que su mujer, Virginia, muriera atropellada por una camioneta el día antes al parto programado.
"La guerra te marca y te lleva a valorar los momentos. En mi caso -destacó- después se reforzó con la muerte de mi esposa que fue un golpe muy fuerte. Me voy, me dijo, y no volvió, igual que algunos compañeros de Malvinas".
Esa referencia de Jorge, que tiene 51 años y trabaja como auxiliar en la secundaria número 6 de Banfield, alude puntualmente a Manuel Zelarrayán y Pedro Alejandro Vargas, dos compañeros del Regimiento de Infantería Coronel Conde, de La Plata, con los que compartía trinchera y que murieron durante el conflicto del Atlántico Sur.
Pero también Jorge estuvo literalmente al borde de la muerte en su destino de Monte Wireless Ridge, a 16 kilómetros de Puerto Argentino, cuando por ayudar a un cabo herido por las balas británicas, recibió dos esquirlas de bala en la cabeza que nunca pudieron ser removidas.
Allí en Monte Wireless Ridge, donde una vez que llovió una semana seguida, sentado bajo la carpa y sobre una caja de municiones para no mojarse con el agua que barría la turba, rezó toda una noche pidiendo que acabara ese vendaval helado, lo que finalmente ocurrió a la mañana siguiente, el 13 de junio de 1982 terminó la guerra para Soto.
Trasladado a Río Gallegos, completó su recuperación en el Hospital Militar de Campo de Mayo, pero siguió conviviendo con las esquirlas. "Me entraron por la frente. Una mide dos centímetros, y la otra medio y me dejaron una suerte de epilepsia que me trato con anticonvulsivos que me provee el Ejército", aclaró.
A partir de mañana
"En el Regimiento 3, que estaba en La Tablada, fui condecorado por haber sido herido en combate pero después los ex combatientes pasamos de ser los chicos de la guerra a los locos de Malvinas".
De a poco, Jorge inició estudios de ingeniería aeronáutica lo que le demandaba enormes esfuerzos porque vivía en Lanús, trabajaba en Capital y cursaba en Haedo. No los pudo continuar pero más tarde intentó con ingeniería en electrónica, carrera que dejó cuando le faltaban quince materias.
Hasta hoy, Jorge se encargó de sus hijos y si bien intentó dos veces rehacer su vida, todavía considera ese capítulo una asignatura pendiente. "Es la batalla que me falta ganar", señaló con picardía.
Pero entre sus obligaciones actuales también está la de cuidar a su padre algo achacado y que en catorce días cumplirá 91 años.
"Por todas las cosas que sufrí, nunca me enojé con Dios. Pasó lo que tenía que pasar" afirmó Jorge, que como prueba de esa postura precisó que reza todas las noches. Como lo hizo en aquella carpa empapada y sacudida por el viento en Monte Wireless Ridge, horas antes que volviera a ver la luz del sol que le indicaba que había vida por delante para seguir peleando.