Un día Angel decidió que podía sentirse cada vez mejor si narraba por escrito el producto de sus investigaciones encaminadas a rescatar valores perdidos y datos ocultos por el inexorable paso del tiempo.
En una pausa en el medio de una conversación iniciada unos veinte minutos antes y en la cual precisaba direcciones de casas habitadas por próceres y de sitios de interés vecinal de la Buenos Aires colonial, Angel Verger puntualiza que su condición de jubilado de ninguna manera lo ha alejado del perfil de historiador vocacional que, entre otros logros, le ha permitido detectar doce túneles ocultos en las entrañas de la ciudad.
Un prolijo mapa de una serie de cinco que tiene con detalles de lo que era capital virreinal a principios del 1800, le permite a Verger explicar los distintos recorridos de esos misteriosos surcos que horadan el añejo vientre de la urbe que ahora, sostiene, sería bueno desempolvar para ver que conservan y corroborar de paso el derrotero que minuciosamente marcó en el plano.
En un bar de Ramos Mejía, frente a la estación y lejos del epicentro de sus investigaciones focalizadas en el barrio fundacional porteño, Berger señaló a HISTORIAS DE VIDA que todo el riguroso relevamiento catastral que hizo le demandó diez años de su vida y la confección en total de unos 22 planos con puntos y referencias históricas.
“Soy un GPS de la historia” ironizó para hacer mención a su carácter de historiador vocacional que siente pasión por lo que hace al punto que en su años de inspector municipal de la entonces Municipalidad de Buenos Aires, no dejaba pasar oportunidad en avanzar sobre una investigación y narrarla del modo más descriptivo posible.
Su prolífica actividad lo llevó a tener diversos reconocimientos de instituciones que valoraron su esfuerzo por echar una mirada profundo al pasado y tratar de reconstruirlo como un aporte, subrayó, “para hacer algo que sirva, que quede y rescate de la oscuridad a tanta gente que hizo cosas importantes pero que sin embargo no cobraron la trascendencia que merecen”.
Mirar hacia atrás Respecto a su investigación sobre los túneles, Angel entregó varios de los planos que confeccionó al subdirector de Cultura del Senado de la Nación, Juan Laxagueborde, quien prometió que iba a estudiar el tema con el propósito de declarar de interés público la resultante del arduo trabajo de búsqueda que llevó a cabo durante años.
“Claro que fue una tarea compleja” exclamó mientras buscaba una y otra vez que lo que iba a decir tuviera la constación en un mapa o en un documento celosamente guardado en las tantas carpetas de las que suele acompañarse. “De la actual Corrientes a San Juan y desde lo que es Casa de Gobierno hasta Piedras, tengo relevados 140 domicilios de personajes históricos, además de comercios famosos, pulperías y reñideros de gallos”, precisó.
“(Juan Manuel de) Rosas nació en la calle Santa Lucía 94, lo que hoy es Sarmiento 546 donde un banco lo recuerda con un mísera placa” aportó indignado, para cargar sobre la epilepsia larvada que afectó a buena parte de la familia del Restaurador de las Leyes o las características especiales de los reñideros de gallos para publicitar su actividad: “O tenían una bandera con dos aves enfrentadas o -remarcó- algo más práctico, un gallo atado de una de sus patas a la puerta del local”.
Las referencias históricas se multiplican en el relato y apenas dan lugar para que Angel recuerde que tiene 83 años y que sus cuatro hijos le han dado 12 nietos y un bisnieto, familión que sin embargo no lo ha alejado de lo que es su pasión desbordante, aquella que lo invade para viajar a lo profundo de la historia, contar lo que descubre y así, darle sentido a su vida. Hermano de leche de un conde La madre de Angel Verger, Antonia Noguera Terraza, que llegó de España a principios de la década de 1920, le contaba que había trabajado para la corona de los Borbón, en Barcelona, como nodriza de un chico que era primo del rey Alfonso XIII. El infante de esta historia singular fue ungido al nacer con el título de conde de Gran Meroto.
Justamente la tarea de amamantar a ese chico llevó a quien sería varios años después la mamá de Angel, a cruzarce con el monarca quien solía dirigirle la palabra, algo bastante poco habitual para la época de parte de un miembro de la realeza en su trato distante con el personal abocado a la servidumbre.
Ya en Argentina, la mujer conoció a quien sería el padre de Angel y se casaron en 1924. Diez años después y luego del nacimiento de su hermana primogénita, Angel vino al mundo y fue alimentado por los mismos pechos que años antes hicieron lo propio años con el conde, aunque en ese caso en un palacete catalán, muy lejos en distancia y comodidades de la humilde casa de Valentín Alsina donde se asentaron los Verger. De Puente Alsina al cementerio de los negros Desde lo más profundo de su vocación, Angel es un enamorado de lo que hace. A tal punto que un día combinó investigaciones históricas en torno a su barrio natal, anécdotas de los años de juventud y su perfil narrativo en el libro “Recuerdos de Puente Alsina”, donde uno de los personajes que aparece con frecuencia en el texto es el ex intendente de Lanús, el ya fallecido Manuel Quindimil, al que refleja como un vecino más del lugar.
“Más allá de las diferencias políticas que había entre uno y otro, con Manolo, a quien conocí desde sus días de chatarrero, éramos amigos”, manifestó Verger, que en el libro también evoca a la señorita Benítez, la maestra particular a la que su madre lo mandaba para fortalecer los conocimientos que adquiría en la escuela, el lugar donde empezó a relacionarse con la historia.
Esa sed de bucear en el pasado lo llevó no hace mucho a detectar una perla prácticamente por casualidad. “Un día me enteré por gente vinculada a un cura de La Recoleta, que la zona de Carlos Calvo y Balcarce era conocida en los tiempos de la colonia como el cementerio de los negros”, contó.
En realidad, Verger descubrió que se trataba de un amplio predio donde la gente pobre de color iba a dar con su huesos porque para ellos no había lugar en los camposantos de las iglesias.