Cuando llegó a Buenos Aires desde una pequeña ciudad francesa, la licenciada en hotelería Virginie Cheviron jamás pensó que el destino la llevaría a trabajar en Ushuaia y a gerenciar una pulpería criolla en pleno San Telmo.

Corrían principios de esta década cuando Virginie Cheviron, una joven francesa de 27 años, llegó a Buenos Aires para cumplir un año de intercambio como parte de la carrera de Hotelería que cursaba en París, y de inmediato se vio seducida por esta ciudad y especialmente por San Telmo, un barrio que tiene más de un punto en común, salvando las diferencias, con el Montmartre parisino.

Terminados sus estudios, e integrada a las costumbres de nuestro país, Virginie asumió hace un par de años la tarea de administrar y gerenciar la actividad de la Pulpería Quilapán, un sitio de comidas criollas en pleno San Telmo cuyo nombre remite a un cacique mapuche que peleó contra el ejército chileno durante la ocupación de la Araucania.

Pero la particular historia de este lugar señala que justamente fue adquirido y refaccionado por una pareja de arquitectos franceses que de visita en Buenos Aires, se enamoraron del barrio y de la ciudad y decidieron generar este espacio con innegables aires criollos.

Cheviron

Al relatar cómo fue el camino que la trajo al sur del continente, Virginie, en un fluido castellano matizado con su natural acento francés, comenta que “yo estudiaba hotelería en París, y se dio la posibilidad de elegir entre un par de países para venir a cursar mi segundo año, como parte de un plan de intercambio que hacía mi facultad, la Universidad de Vatel, y como tenía lindas referencias de Buenos Aires, decidí venir, y no me arrepentí”.

Virginie destaca que “en realidad yo soy de una ciudad chica, Harfleur, que está a dos horas de París, más cerca del mar, en la región de Normandía, y donde murió la hija del escritor Victor Hugo”, y describe con orgullo que “es un pueblo muy tranquilo, allí vivía con mis padres y hermanos”.

A los 20 años, Virginie llegó con su valija y sus sueños dispuesta a recibir las sorpresas que le diera su nuevo lugar en el mundo. Y aunque un año después volvió a París para cursar el final de su carrera, y obtener la licenciatura, su proyecto de permanecer en Argentina seguía firme.

Cuenta que “al principio viví en una residencia estudiantil cerca de plaza Congreso, apenas sabía el idioma, pero conocí a otros compañeros de estudio, muchos de ellos también extranjeros, desde colombianos hasta brasileños y mexicanos, y en poco tiempo me puse al tanto del modo de vida y la oferta cultural y de salidas que tenía esta ciudad”.

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Tras un año en Buenos Aires, Virginie tuvo una nueva oportunidad, ya que merced al contacto con una pareja a la que casualmente había conocido como turistas en Francia, pudo viajar a nada menos que Ushuaia, donde estuvo tres años, para trabajar en un hotel importante de esa ciudad, y hacer una maestría en su actividad.

Su incursión por la tierra más austral del mundo no solo le dio una inusual experiencia laboral, sino también la ocasión de conocer a otro compañero de trabajo, que llegaba desde Córdoba, y con quien se puso de novia, y compartió varios viajes por otros puntos del país, incluida por supuesto la provincia mediterránea.

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Señala que, un poco de casualidad, conoció a sus compatriotas Gregoire Fabre y Tatiana Michalski, una pareja de arquitectos que soñaban con darle identidad a su proyecto de reciclar una vieja casona de principios de siglo, y pronto comenzó a trabajar con ellos.

Desde hace un par de años, Virginie está a cargo del lugar, ya que sus dueños viajaron a Francia por temas familiares. Pero asegura que “por suerte me dieron total libertad para decidir, y por ahora es el lugar donde elegí seguir creciendo”.

La calidez de los argentinos

eHija de una traductora y de un marino mercante a los que ve al menos una vez por año al volver a su tierra, Virginie, que además eligió para vivir el mismo barrio donde trabaja, asegura que es bastante habitual encontrarse con compatriotas, algunos habitués de la zona y otros en tren turístico”.

Para ella, “hay muchos puntos en común con los argentinos, aunque tal vez el francés es más frío al principio en el trato, y el argentino enseguida te abraza, te tutea y te da un beso, pero coincidimos en temas como la cultura, y los buenos vinos”. Además, reconoce que “antes de trabajar acá no conocía la rica historia de estos lugares, y tampoco sabía que había una gran variedad de platos criollos”.

Defensora de la integración de los pueblos, confiesa que le molestaron mucho algunos comentarios discriminatorios para con los jugadores franceses de origen africano que fueron parte del triunfo en el Mundial, y valora que en Argentina hay descendientes de familias que vinieron de todos lados, y aspiro a que en mi país sean todos aceptados como parte de Francia, y no rechazados o tratados como enemigos”.

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Quilapán, un lugar muy especial, informal y bohemio

Según cuenta Virginie, “los creadores de la pulpería se enamoraron de San Telmo - destaca- y durante cuatro años hicieron refacciones para convertir esta construcción en un espacio de comidas, además contaron con la ayuda de muchos vecinos que aportaron muebles y objetos clásicos, y en medio de este trabajo se encontraron con elementos coloniales, tanto que la pared medianera es de 1714”.

En Quilapán no sólo hay un “deja vu” hacia tiempos lejanos. El toque informal y bohemio también lo da la presencia, entre mesas y estantes, de radios viejas, botellas añejas, carteles publicitarios y hasta banderines de clubes de fútbol de aquí y del exterior.

Lejos del estilo gourmet, para la joven francesa “es muy bueno que las comidas sean típicas de la tradición criolla, y en lo ambiental se privilegia lo ecológico, como en el caso del horno de barro y un termotanque solar”.

Virginie detalla que “en la pulpería hay una pianista que ameniza las comidas y un payador que le da un acento telúrico, y destaca que en una vitrina frente a la barra podés ver cosas muy viejas como una moneda falsa muy antigua, vasijas, un anillo de novia y otros hallazgos arqueológicos”.

Explica además que la intención de los dueños es que el edificio sea patrimonio de la ciudad, para que no sea destruido. Comenta que “en el lugar hace más de un siglo vivió una familia inglesa, luego se transformó en un conventillo, después fue comprado por una familia armenia, funcionó una tintorería y un taller mecánico y hasta hubo una fundación de arte”.

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