Empezó la secundaria a la edad en que muchos entraban a la Facultad de Medicina, pero logró superar los obstáculos impuestos por una infancia difícil y llegó a conducir un centro asistencial pediátrico que hoy es un ejemplo
El doctor Pedro Deambrogio tiene en claro que los 84 años que lleva transitados, dominados por una vida intensa y productiva, le han templado tanto el espíritu al punto que hoy puede soportar con entereza el descenso de su querido Independiente.
Es que cuando mira por los espejos retrovisores de su existencia, Deambrogio inevitablemente conjuga una carrera vital iniciada desde muy abajo y en desventaja, pero que al final lo encaramó como un médico que dirigió un hospital pediátrico de referencia en el que empezó como practicante.
Deambrogio, que debió salir a trabajar a los 12 años tras la muerte de su padre a causa de un ataque cardíaco que lo sorprendió a poco de haberse recibido de médico, recién a los 24 inició el secundario y tras una remontada espectacular de exámenes libres que le permitieron acceder al título de bachiller, a los 28 entró a la Facultad de Medicina.
Para entonces, atrás habían quedado sus días de empleado en una fábrica de calefones y una metalúrgica en el sur del Gran Buenos Aires, a lo que le añadió su capacitación en trabajos como plomero y gasista con los que costeó su carrera en medicina.
"En cuarto año, cuando era practicante del Policlínico Central de San Justo, a veces rogaba que alguno de los pacientes que atendía no me reconociera como el muchacho que unas horas antes había visto pasar llevando un calefón para reparar", contó Deambrogio a HISTORIAS DE VIDA.
Además de lo que aprendió con los libros y en las guardias, la tarea de arreglar artefactos a gas o destapar piletas le valió un plus en su formación como médico. "El organismo en todo caso es una máquina que no está enchufada a nada, sino a sus recuerdos", señaló en el despacho que ocupa como vicepresidente del Círculo Médico de La Matanza.
Quiebres y cortadas
Pero Deambrogio, que en 1960 comenzó a ser uno de los médicos que sumaban su aporte a la iniciativa de la Intendencia de La Matanza de crear el Hospital del Niño de San Justo, tiene otro perfil que lo destaca: el de ser un eximio bailarín de tango.
Su apego al dos por cuatro es una marca que lleva en su ADN. Un pariente lejano es autor, junto a Pascual Contursi, del tango Bandoneón Arrabalero y su padre, Carlos, lideraba junto a un hermano una orquesta típica cuyos acordes fueron coptando durante los ensayos el gusto musical del futuro doctor que de joven anduvo devolviendole la vida a estufas y cocinas.
El legado paterno también combinó el dos por cuatro con los libros de medicina usados en su formación y que,inadvertidamente fueron absorbiendo la voluntad de Deambrogio mientras Linda, su madre, aportaba con bordados ingresos a la anémica economía familiar.
Aunque los textos del padre estaban algo desactualizados cuando los retomó, Deambrogio logró el cometido y se recibió como médico.
Después, durante 30 años su camino fue en paralelo al del Hospital Municipal del Niño de San Justo, en donde fue practicante mayor, médico de guardia, jefe de departamento y director. Así es lógico que sienta nostalgia toda vez que pasa por donde se levanta el que hoy es un centro pediátrico de alto nivel, en una zona en la cual seguro todavía quedan calefones o canillas que reconocen en el viejo médico, a aquel joven plomero que un día, hace tiempo, les devolvió la salud.