Un padre ausente y un ex marido mujeriego, sumado a la pérdida de su madre en un terrible accidente, modelaron el temperamento de una enfermera hoy jubilada para quien los animales tienen alma.

Manchi, el perrito viejo de ojos tan grandes como renegridos afectado por una severa enfermedad cardíaca, asiste desde el sofá y tapado con una manta como Mary narra alternativas de una vida asociada a las de tantos otros animales a los que también rescató con infinito sentido humano del desamparo, el dolor y la muerte.

Elba María Avellino, la Mary de esta historia, tiene 69 años, es jubilada y vive en su casa de Ituzaingó, a metros del Acceso Oeste, donde instaló un refugio para perros abandonados a los que cura y atiende para darlos en adopción.

Allí, en "El refugio de Mary", unos quince caniles son el hogar provisorio de perros que la han pasado mal por haber sido atropellados por automovilistas que poco lamentaron el accidente, abandonados por sus dueños o porque son parte de la legión de parias de cuatro patas fieles a su condición de callejeros.

Esta defensora todo terreno del derecho del animal comenzó su vínculo con los perros cuando se convirtió, sin proponérselo, en la primera remisera de mascotas de la Zona Oeste, ya que nunca supo decir no ante el pedido de traslado de pichichos enfermos a las veterinarias cuando las remiserías de barrio negaban ese servicio.

A eso le sumó su acercamiento con el centro de zoonosis de Ituzaingó y su resistencia visceral al sacrificio de animales a los que la ciencia veterinaria no les daba ninguna posibilidad, aunque para Mary, aún tenían chances.

En ese sentido, Mary recordó a HISTORIAS DE VIDA que "me ponía mal cuando un veterinario decía que a un perro agusanado o malherido lo iba a hacer dormir", eufemismo de claro perfil eutanásico que erizaba la piel de la mujer que aprendió cuando trabajó como enfermera, conocimientos básicos aplicarlos años después a la atención canina.

En el nuevo rol, la llegada a su casa de estos animales se fue haciendo cada vez más frecuente. Así nació el refugio de los abandonados que Mary fue poniendo en adopción.

"Llegué a tener 53 pero hoy son 30, algunos ya con 12 y 14 años, uno ciego y un par que estuvieron paralíticos pero con la ayuda de Dios y la Virgen y muchos masajes, fueron recuperando la movilidad y hoy caminan", subrayó frente a los caniles amplios y sombreados dispuestos en el fondo de su propiedad.


Alma animal

Los ladridos son la carta de presentación de los 30 canes ante el posible adoptante. "El perro es el que te adopta a vos. Si te lame y aceptás los lengüetazos, es porque la relación se dio y el perro se va contento", destacó quien se siente feliz cuando alguno de sus "inquilinos" encuentra hogar pero sufre mucho cuando se le mueren. O se le duermen para partir para siempre.

"Cuando se muere un perro sufro horrores pero pienso en los otros que quedan y lo mucho que hay que hacer por ellos. Tengo la certeza, por conocerlos, que no hay que llorarlos cuando parten ya que el alma del animal, porque la tienen -enfatizó- también sufre".

Aunque el refugio cuenta con madrinas como Marcela y Claudia, y ayuda de varios "perreros" más como Ana Palavecino, atenderlo implica un gran esfuerzo. "Te lleva todo el día hacer la comida, limpiar los caniles, curar a los perros o llevarlos al veterinario. Sobre todo ahora que -confesó- me hice unos estudios cardiológicos y me dijeron que tengo el corazón grande", un diagnóstico que mucho antes que los médicos sus protegidos, con sabiduría animal, ya conocían.

Los hombres le han hecho mal

Mary hace años que está divorciada de su marido, un colectivero que cataloga como "mujeriego que le daba todo el sueldo a su madre antes de traerlo a casa". Con ese hombre, con el cual estuvo cinco años de novio y dos de casada, Mary concibió a su hijo, hoy de 48 años, con el que no se lleva para nada bien porque discrepa con alguna de sus actitudes. Sus cinco nietos la visitan de vez en cuando y al recordar estas circunstancias en el living de su casa con el perrito enfermo del corazón como testigo, recordó que su padre también abandonó a su madre cuando ella y su hermana eran niñas. "A mí no me quería", sentenció.

Hoy el presente de Mary es su refugio y las adopciones, para lo cual el adoptante debe firmar un documento en el que toma compromisos antes de darle hogar a una mascota. De hecho los que llaman al 49787798 para pedir condiciones saben que deberán ajustarse al instructivo. "El animal no puede hablar, por eso hay que darle todo", aclara Mary por la dudas.