Director y productor cinematográfico nacido en Roma, quedó atrapado por un libro sobre el padre Mario Pantaleo de quien soñó hacer un film y terminó formando una familia con una asistente de la obra del cura sanador

Antonio Cervi lleva el cine en la sangre y esto no es una exageración. Es hijo de un gran productor italiano y una artista francesa, nieto de un matrimonio de actores famosos en Italia y hasta su bisabuelo, que fue amigo de Luigi Pirandello, transitó el tramo final del Siglo XIX como destacado crítico teatral.

Pero sin duda alguna, más allá de su profesión hoy concentrada en la realización de documentales, la vida de Antonio Cervi, homónimo de un padre riguroso que cobró notoriedad como productor de Boccaccio 70, El Desierto Rojo y La Comara Seca, sus vivencias y las distintas situaciones que atravesó hacen que su vida sea una auténtica película nunca rodada.

Una de las particularidades de Antonio es que tiene tres medio hermanos dado que su padre se casó con cuatro mujeres distintas y tuvo un hijo con cada una de ellas. En su caso vino al mundo en Roma, en 1960, pero siendo niño el matrimonio de sus padres se deshizo y se fue a vivir a Villefranche Sur Mer, un pequeño pueblo enclavado en la costa entre Niza y Mónaco con su madre, Suzanne, una artista francesa que dejó la actuación para casarse con el productor en 1955.

"Pasé una infancia bellísima y recién supe que mi abuelo había sido un hombre famoso cuando siendo adolescente, fui a visitar a mi padre mientras filmaba una película en Venecia, y la gente me hablaba de él", señaló Antonio a HISTORIAS DE VIDA.

El abuelo fue Gino Cervi, el actor que entre otras grandes realizaciones inmortalizó en el cine a 'Don Camilo' y en la televisión al 'Inspector Magret' y que se había casado con Niní Gordini, otra artista italiana de renombre.

Haciendo realidad el dicho popular que la sangre tira, Antonio empezó a sentirle el gusto al cine con cada visita que le hacía a su padre quien, sin embargo, le hizo muy difícil su acceso a ese mundo mágico en el que las cosas, como afirma, no son tal como parecen.

Luz, cámara, Cervi

"Mi padre entendió que si quería hacer cine con él tenía que pagar con sangre y no me la hizo fácil. Cuando tuve 26 años -contó- me invitó a trabajar ya como un asistente de producción al que le planteaba constantes desafíos y que era el primero en llegar al set de filmación y el último en irse".

Con el tiempo Antonio se emancipó, se convirtió en productor y después de una película en Guatemala que agotó su físico y sus arcas, decidió tomarse un año sabático. Fue así que aceptó la propuesta de uno de sus medio hermanos que había abierto un restaurante en el barrio porteño de Palermo y se vino a la Argentina.

"A mis manos llegó entonces un libro de la vida del padre Mario Pantaleo con el que no pude parar de llorar mientras lo leía. Decidí que había que hacer un documental con eso y fui a la fundación en González Catán, con un nombre en cabeza, el de Silvia Iriondo, que aparecía varias veces mencionada en ese libro", indicó.

Y como pasa en las películas, Antonio y Silvia se enamoraron y formaron una familia a la que hace 18 años se sumó Francesca, nacida como si fuera poco un 19 de enero, el Día de San Mario, y que obviamente fue bautizada en la capilla de la obra del Padre Pantaleo, en Catán.

Antonio sigue soñando en hacer una película del cura sanador "no como un negocio, sino como una obra de amor" en la que ofrezca lo que sabe y siente toda vez que el acicate del clásico luz, cámara, acción hace fluir adrenalina por todo su ser



               

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