Encontró en el canto, desde el gregoriano hasta el folklórico, la manera de dar rienda suelta no sólo a la sensible esencia artística que transmite al público y sus alumnos, sino también a su profundo espíritu solidario.
No hay constancia, pero se puede afirmar que el registro gráfico del ADN de María Julia Legato tiene la forma espiralada de la clave de Sol. Para esta cantante independiente y profesora de canto, la música es parte constitutiva de su ser al punto que la siente como un don que la acompaña desde niña y más aún, cuando a partir de los 6 años comprobó que le proporcionaba una vía amigable para soportar el dolor por la pérdida de su madre.

Julia, nombre con el cual impulsó buena parte de su carrera como solista, hoy tiene 42 años y recuerda con una sonrisa la confianza en sí misma que ganaba cuando las maestras de música del Colegio Ana María Janner, de Flores, barrio donde nació, la destacaban por los resultados de una vocación ya instalada.

Como habrá sido que en sexto grado compuso su primera canción y observó que el cantar le daba otra aceptación social que otros chicos de su edad no tenían. Por si algo faltaba, su abuelo materno, que cantaba tangos, la impulsaba a que diera rienda suelta a esa vocación, un impulso que también en su casa reforzaban su padre y su hermana cuando la mamá ya no estaba.



"Desde chica soy un apasionada por cantar porque me dí cuenta que operaba como una fortaleza para mí y al que me volcaba ya sea en los momentos más tristes como en los más felices de mi vida", apuntó Julia a HISTORIAS DE VIDA.

Participó en festivales del recordado programa infantil Festilindo, y a los 13 años empezó a estudiar canto, alternando el canto gregoriano y canciones en latín, por lo que llegó a imponer su voz en la Catedral Metropolitana en un Corpus Christi.

Desde villancicos navideños por el barrio hasta las guitarreadas adolescentes, Julia se acercó poco a poco a lo que es el rubro que como cantante independiente desarrolla en los últimos 17 años.

"La música está en todo lo que hago", afirma esta madre de dos hijos, Sebastián, de 17, y Enzo, de 9, y que reconoce una observación de su pareja, Sergio Quatrocchi, como algo que la marcó. "Me dijo que lo significativo en mí era la convicción que transmitía al cantar".

En la medida que viajó por el país por una actividad que realizó en turismo, abrió la puerta al folklore del cual se enamoró profundamente. Atrás había quedado su primer grupo Las Flores del Norte, luego el dúo Las Moras, con Mariana Pastur, y su paso como Julia, de Flores.

Enseña cantando



"Mi integridad artística es la música popular" señaló, que en su caso le permitió expresar "dolor, amor y desarraigo", un contexto definido que plasma en las clases que da con sus alumnos de canto, en quienes busca estimular la "técnica vocal" con su experiencia pero haciendo pié "en el repertorio a partir de lo que es cada uno".

Julia asegura que las peñas de Baradero y Cosquín galvanizaron su esencia folklórica, la que se enlaza con un perfil solidario al cual le aporta lo que sabe y siente: cantar.

"Siempre me siento convocada donde a una acción de bien común le puedo aportar lo mío", afirmó, en una actividad que va por otro costado a las contrataciones en eventos y fiestas que, como las clases, le posibilitan ganarse la vida.

Pero sea en cualquier de los encuadres, Julia manifiesta cuando entona y suelta la voz aquella convicción apuntada por su pareja, virtud que le facilita más su método. "¿Sabés que pasa? -aclara- cuando estoy sobre el escenario y canto es como si abrazara a todos"