Aunque afirma que a sus 55 años tiene ganas de jubilarse porque se siente algo cansado por tanto esfuerzo realizado, no se imagina en su hogar junto a su esposa Pelusa, sus hijos y sus nietos, sin que tenga ninguna actividad que lo inunde de la adrenalina que libera cuando tiene un trabajo por delante.
De hecho, desde los 12 años en que debió salir a poner el pecho a la adversidad planteada por su padre enfermo, Ernesto ha concatenado por los menos diez oficios que en todo el tiempo transcurrido le permitieron aportar para mantener el hogar materno, formar su propia familia y acceder a su casa propia.
"Lo lindo del trabajo es que te hace digno" afirmó a HISTORIAS DE VIDA este actual carrocero de Ferrovías, que se desempeña desde hace 17 años en los talleres ferroviarios de Boulogne, pero que incluye en su dilatada foja de servicios haber sido repartidor en una farmacia, lavacopas en dos restaurantes, parapalos en un bowling, reparador de auto radios, operario en una fábrica de caramelos, herrero, chapista, empleado de una automotriz, fabricante de espejos y remisero.
"Mi papá se enfermó mal de los pulmones y no pudo seguir trabajando por lo que dejé el colegio en sexto grado", precisó sobre aquellos días de apremios para su madre y sus hermanos.
Tanta necesidad de aportar un peso para oxigenar los ingresos de la familia hicieron que Ernesto no tuviera una infancia clásica. "Yo en el fútbol, cero. Y claro, si no tenía tiempo de jugar a la pelota", advirtió.
Sin embargo, todo ese basamento lo transformó en una pieza sólida para enfrentar la adversidad, toda vez que las distintas crisis económicas padecidas en el país le significaron un duro mazazo como a tantos otros millones de argentinos.
En el medio gravitó otra circunstancia: la muerte de su abuelo que era el dueño de la casa que habitaba en el barrio de Belgrano, obligó a que con sus padres y hermanos se fueran a vivir a San Miguel. Allí estuvo hasta que en 1982 se casó con Pelusa, su mujer de toda la vida y con la que tuvo a sus hijos Nadia y Gastón.
Siempre de pie
En 1992, después trabajar durante once años en la Ford, la ola de despidos producto de una Argentina inestable lo dejó en la calle pero absorbió el cimbronazo aprovechando la indemnización para comprar la que hoy es su casa y se ganó el pan como chofer y soldador en una fábrica de espejos. "Siempre tuve un laburo y eso alcanzó para comer", señaló quien en 1997 entró en Ferrovías, donde soportó como pudo los rigores de la crisis de 2001. Pero de pie.
"Esta es mi vida. Soy un laburante que siempre salió adelante sin tirar piedras ni quemar neumáticos" expresó con una emoción que ahogó el final de las palabras con las que se despidió en el andén de la estación Boulogne. El barullo de la llegada del tren, indicó que era el momento para que Ernesto volviera por unas horas a estar con Pelusa. Y se fue feliz, tanto por regresar a casa como porque mañana, a las 4 y 10, todo empezará de nuevo.