Trabajar le encanta al punto que hoy ya octogenario, realiza tareas voluntarias en la intendencia de Tres de Febrero, con las mismas ganas que cuando fue canillita de niño y yesero de primer nivel durante 40 años.

Cada vez que abre los ojos por la mañana, una sensación revitalizante impulsa a José Jorge Runca a salir rápido de la cama, ansioso por dar rienda suelta al disfrute que le significa emprender una nueva jornada de trabajo.

Así fue ayer y lo es aún hoy, en que siendo un jubilado de 84 años desempeña con muchas ganas el ofrecimiento que le hicieron en el 2000 en la municipalidad de Tres de Febrero para desempeñarse como colaborador voluntario, un cargo ad honorem que cumple con plena responsabilidad de lunes a viernes de 8 a 12 en la sede comunal de Caseros.

Runca, nacido en el porteño barrio Caferatta, tuvo ese vínculo con la actividad productiva desde que de chico arrimaba unos pesos a su casa como canillita en la esquina de Avenida La Plata y Chiclana, en la que además de vocear los diarios desde la vereda como lo hacía la mayoría de sus pares, se trepaba a los tranvías 27,19 y 23 para aumentar el rango de ventas.

A poco de cumplir los 14, un carnicero del barrio le propuso ser dependiente del local para ordenar y repartir los pedidos, pero lo vio tan responsable que le dieron la llave para que, como vivía enfrente, abriera y cerrara el negocio. Pero a los 16, decidió enrolarse en la Marina y por cinco años fue electricista en el acorazado Rivadavia.

"Firmé un contrato con la Armada por cinco años y al terminarlo, en 1952, con mi hermano Antonio empezamos a trabajar como yeseros, rubro en el que estuve cuarenta años", señaló Runca a HISTORIAS DE VIDA en su casa de Caseros, donde colecciona discos de pasta y vinilo, libros sobre la historia del tango y videos de clásicos del cine.

"Trabajé haciendo la yesería del Canal 9 en la calle Castex, la fachada del Teatro Astral, refacciones en los aeropuertos de Ezeiza y Jorge Newbery y la obra en la parroquia de Jesús de Nazareth, en Boedo", apuntó a modo de apretada síntesis de una robusta foja de servicios.

Afincado en Caseros desde que se enamoró de quien hoy es su mujer, Carolina, con quien tuvo dos hijos, Elizabeth y Jorge, Runca se dio cuenta que podía hacer algo más que lo asociara a sus años mozos de concursante en festivales de tango en los clubes de barrio. Así es que desde hace 25 años es el conductor del programa de radio "Mi Buenos Aires de ayer", que sale los domingos de 10 a 12, ahora por FM Dial, y que calcula debe haber superado en tanto tiempo las 1.500 audiciones.

"El programa es un clásico en Caseros y lo preparo con distintas secciones para que sea entretenido. Una de ellas es una evocación al Glostora Tango Club", recordó este pasional hincha de San Lorenzo que aunque no lo reconozca trata que su pequeño nieto, Ignacio, también vibre bajo el influjo de la casaca azulgrana.

En lo que hace a la actividad que desarrolla en la municipalidad de Tres de Febrero, Runca también ha sabido destacarse por su predisposición y carácter afable para dar una mano a funcionarios, empleados o los contribuyentes que necesitan alguna orientación.

Es en la planta baja de la intendencia donde ofrece sus servicios, que aunque no tengan retribución económica valora como si fuera el salario de la categoría municipal más alta por permitirle una vez más sentirse bendecido por lo que ha sido su filosofía de vida, el honrar el trabajo, tal como lo hace con cada día que inicia.

Testigo directo de episodios que hicieron historia

José Runca guarda en su memoria el impacto que le significó enterarse de la muerte de Eva Duarte en plena proyección de una película en un cine de Lavalle y Carlos Pellegrini que, minutos después de las 20.25 de ese 26 de julio de 1952, fue interrumpida por el duelo decretado.

"El cine -precisó- era el Renacimiento y en medio de la película se prendieron las luces y el encargado de la sala explicó lo que había pasado".

A la salida, tampoco había colectivos a causa de lo ocurrido por lo que retornó a pié a su casa en Boedo. Allí tomó la decisión de ir con su madre a despedir a Evita cuando la velaran en el Congreso.

"El día que empezó el velatorio para que la gente pudiera despedirla fuimos con mi madre pero nos encontramos con una fila impresionante", rememoró.


"Me acuerdo que llovía y hacía mucho frío, pero estuvimos dos días hasta que finalmente pudimos pasar apenas unos segundos ante el ataúd de Evita", relató con emoción.

Otro contacto directo con la historia contemporánea del país lo tuvo el 16 de junio del 55, cuando desde una obra en la que trabajaba en la yesería, en pleno centro porteño, vió los aviones que apoyaban un intento de derrocamiento de Perón bombardear a mansalva Plaza de Mayo. "Hasta que empecé a ver la gente correr, creí que era un simulacro", señaló.



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