Dos amigos que eran suboficiales en el Crucero General Belgrano y sobrevivieron al hundimiento del navío el 2 de mayo de 1982, profundizaron una sentida relación tras estar 19 años sin saber uno del otro
"¿Qué sabés de Valdéz?". Durante más de 19 años esa fue la pregunta que Osvaldo Fernández le hizo a cuanto excompañero de la Armada encontrara, interesado como estaba en recuperar el contacto con el amigo con el cual había compartido responsabilidades, tareas, bromas y hasta el traumático hundimiento al Crucero General Belgrano, del que ambos fueron dos de los 770 sobrevivientes del artero ataque de un submarino nuclear británico.

Osvaldo tuvo que esperar hasta 2002, cuando en una concentración de ex combatientes de Malvinas para pedir por sus derechos en Plaza de Mayo, divisó a la distancia a aquel compañero al que lo unían vivencias entrañables como el abrazo que se habían dado en el hospital de Puerto Belgrano donde su amigo no había dejado un día de visitarlo para ver como evolucionaba de las quemaduras infringidas por la bola de fuego que recorrió el crucero tras el primer disparo del submarino británico Conqueror.

Segundo Valdéz, el otra protagonista de esta historia, tampoco se había olvidado de esos momentos ni de los tantos otros compartidos con Osvaldo a bordo del navío entre 1979 y el fatídico 2 de mayo de 1982, cuando ambos, junto con otros sobrevivientes del buque, quedaron a la deriva en el Atlántico en las balsas de las que fueron finalmente rescatados por el destructor Piedrabuena.

"El glorioso Crucero General Belgrano no solo permitió que fuéramos amigos, sino que nos convirtió en hermanos", afirmó Valdéz a HISTORIAS DE VIDA en un alto entre las charlas que junto a Osvaldo dan a chicos de escuelas y colegios para, como dice, "contar la verdad de aquellos días, dar otra versión del 'versito' político del 82 y tratar de abrirles la cabeza".

El contacto con los estudiantes fue una de las actividades en la que Segundo arrastró a Osvaldo, ya que por mucho tiempo éste último se había negado a hablar de aquellos días de la guerra. "Me acuerdo que al otro día que nos rescataron del mar, el comandante del Destructor Piedrabuena nos juntó a los sobrevivientes para decirnos que una vez en tierra no contáramos nada ni habláramos con nadie. Allí me día cuenta que había empezado la desmalvinización", apuntó Valdéz superando la congoja que lo ahogaba.

Fibras del Belgrano

Es que cada fibra de Segundo y Osvaldo vibra toda vez que hablan del Crucero, del que recuerdan de memoria sus rincones y tienen grabado lo que pasó después que los dos torpedos del Conqueror hirieron de muerte a las cuatro de la tarde de aquel 2 de mayo al navío con 1.096 tripulantes.

"En ese buque nació entre los dos una amistad hermosa" aportó Osvaldo, que no se olvida de las responsabilidades que los ocupaban a los dos como cabos segundos en Control de Averías ni de las bromas que se hacían las que incluían, como norma de todo embarcado: el sorpresivo embate a papazos al marinero distraído que transitara la cubierta.

En las balsas en las que salvaron sus vidas, sacudidos por olas de diez metros y enfrentando frío glaciar, uno y otro pensaron en la suerte de su amigo, sin imaginar que ese episodio iba a profundizar la relación. El vínculo, evidente, reverdece cada vez que Osvaldo y Segundo se encuentran ya sea para evocar sus días en el Belgrano o dar una charla ante alumnos en la cual honran a los 323 compañeros que quedaron en el crucero hundido y a los también consideran, obviamente, sus hermanos.

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