Julio, que de chico en Villa Tulumba hacía sus juguetes con barro y piedras, aprendió de la mano de un maestro del oficio que reparar una antigua muñeca de porcelana era el equivalente a una caricia al corazón y al alma.

Lejos en distancia y tiempo de la casa de adobe que habitaba con sus padres y hermanos en  Villa Tulumba, en la sierra cordobesa, donde la pobreza lo llevó a confeccionar sus juguetes infantiles con barro y piedra, el "doctor" Julio Roldán se desempeña hoy en un espacio mágico e increíble rodeado de pacientes, algunos más que centenarios, que ya respondieron satisfactoriamente a sus tratamientos o bien aguardan el momento para recuperar de su mano sanadora de especialista la lozanía perdida.

Julio no escapa al encanto sublime que impera en su taller-museo ubicado en Venezuela al 3.774, en el barrio de Almagro, donde trabaja hasta los feriados para atender justamente losr equerimientos de esos pacientes, todos muñecos de cerámica, pasta, plástico o estofa cuyos propietarios los llevan allí para que el doctor Roldán, como se hace llamar, los restaure. "Algunos dicen que soy un artesano pero en realidad soy un orfebre de muñecas, lo que en un sentido más amplio, más allá de lo estrictamente técnico del oficio, es una manera de restaurar afectos", explicó Julio, de 67 años, a HISTORIAS DE VIDA.

El destino siempre le puso algún muñeco cerca a Julio, que de adolescente se vino con un tío desde el pueblito natal enclavado cerca del límite entre Córdoba y Catamarca hasta Merlo, en el conurbano bonaerense, donde una vez una vecina le pidió si no se animaba por unos pesos a arreglarle una muñeca que su hija había roto.

Esa changa y otras que se sucedieron tuvieron una derivación impensada: un maestro del oficio de restaurar muñecas lo vio en acción y decidió enseñarle los secretos del oficio. "Juan Bentancur me decía que era una linda actividad la de restaurar y arreglar muñecas por la sencilla razón que siempre va a haber chicos", puntualizó rodeado de los muñecos que asisten sonrientes al diálogo.

"Ocurre que pego onda enseguida con los muñecos y es por eso -aseveró- que paso muchas horas aquí, trabajando y atendiendo a los clientes que me traen muñecas en busca, también, de restaurar afectos". Con el bordado azul en su delantal blanco que certifica que es el doctor Roldán, el médico de las muñecas insiste en que el suyo es un trabajo de mucha sensibilidad compartida con clientes que vienen al taller con sus hijos y nietos del mismo modo que años antes lo hicieron con sus padres y abuelos.

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Cura asegurada

Para Julio, lo bueno de su clínica repleta de muñecos es que sus pacientes, tras el tratamiento respectivo, entiendase el arreglo que corresponde, se ponen bien. "Esa es la suerte que tienen: van al médico una sola vez y con eso se curan para siempre", subrayó.  Mientras el 4958-6993 suena una y

otra vez con el pedido de turnos, el doctor aclara que "siempre hay una solución" por las que llega a despertarse en medio de la noche desvelado por el arreglo más efectivo que requiere una pieza determinada.

Reparar un ojo que ya no está, reponer brazos o piernas, arreglar pelucas o mejorar las articulaciones son algunas de las muchas tareas que despliega en su taller. Y no lo hace en silencio, porque para Julio los muñecos le hablan y expresan su sentir. Quien no logra escucharlos, al menos los ve sonrientes y más que por una marca inalterable de fábrica, los imagina chicos eternamente felices por tanta carcajada estridente generada en chicos que aunque hayan sumado años nunca abandonaron esa condición.

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