Con más de 45 años como director del área de Taquígrafos de Diputados, Guillermo Castellano asegura que esta actividad está lejos de perder vigencia, ya que es un arma indispensable para reflejar todo lo que ocurre en las sesiones del Congreso.

A quienes piensen que la taquigrafía es una práctica que está en vías de extinción a causa de los avances tecnológicos, esta nota les demostrará todo lo contrario, ya que esta disciplina, instalada hace más de un siglo y medio en Argentina como elemento indispensable para acompañar fielmente las sesiones del parlamento, sigue gozando de buena salud.

Desde hace casi 45 años, Guillermo Castellano, un egresado del Carlos Pellegrini que además se recibió de abogado, pero ejerció por pocos años esa profesión, es el principal referente de la actividad taquigráfica en la Cámara de Diputados, al punto que no puede calcular la cantidad de sesiones en las que estuvo presente desde sus inicios, a los 17 años, apenas terminado su secundario.

Recientemente, se cumplieron 140 años de la creación del cuerpo de taquígrafos de Diputados, y por eso, Castellano recibió, como titular de esa Dirección, de manos del presidente de la Cámara, Emilio Monzó, una bandeja de plata que conmemora esa fecha, allá por 1878, y cuando el Congreso era mucho más pequeño y estaba ubicado frente a la Casa de Gobierno, sobre la entonces calle Victoria, hoy Hipólito Yrigoyen.

En charla con Historias de Vida, Guillermo Castellano, un fanático de Boca casado con una ex alumna de taquigrafía con quien comparte el trabajo diario, y con tres hijos que eligieron distintos destinos, comenta que “es imposible que me olvide del día que ingresé, ya que lo hice el 11 de septiembre de 1973, justo el día que derrocaron a Salvador Allende en Chile”,.

Castellano entró el Congreso por concurso público y explica que “el Carlos Pellegrini era uno de los pocos colegios que dictaba taquigrafía, era una materia importante y con salida laboral, hoy ya no hay lugares en los que se estudie, y los ingresos se hacen por conocimiento o práctica personal”.

Detalla que “un profesor me preguntó si tenía interés en hacer una pasantía, ya que era un alumno avanzado de la materia. El Congreso volvía a funcionar luego de varios años de dictadura, había elecciones, y llamaban a concurso. Luego de una intensa práctica en el Concejo Deliberante, éramos varios compañeros buscando entrar, y el requisito era poder llegar a escribir 120 ó 130 palabras por minuto”.

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Al ganar varios concursos, Guillermo eligió ir a Diputados porque le dijeron que era el mejor lugar, y junto a él entraron otros 5 aspirantes, de entre 100 que se presentaron.

Con respecto al trabajo en sí, Guillermo amplía que “nuestro trabajo es como el de un redactor, ya que en primer lugar trabajamos con signos y abreviaturas para volcar todo lo que se dice en las sesiones, pero luego hay que darle forma a ese material en bruto, corregir errores, ordenar las frases, y darle coherencia, para que finalmente pueda ser volcado en el Diario de Sesiones, donde además hay que incluir datos de los disertantes, y detalles sobre los temas debatidos”.

El jefe de Taquígrafos de diputados señala que “el ideal es escribir unas 160 palabras por minuto, aunque es importante destacar que desde hace algunos años existen nuevos sistemas como la máquina de estenotipia, que permite traducir con un programa el texto. También están las grabaciones y los videos, que son elementos auxiliares pero de mucha ayuda”.

Actualmente, en la Dirección de Taquigrafía de Diputados, que desde hace unos cuatro años preside Castellano, el más antiguo en el área, trabajan unas 50 personas, mientras que en el cuerpo de senadores hay unos 30 taquígrafos, y según datos de la Asociación Argentina, en todo el país hay unos 300 taquígrafos.

BAGLINI EL MAS DIFICIL Y ALSOGARAY EL MAS CLARO

Haciendo algo de historia, Castellano señala que “cuando empezó esta actividad, en 1872, había solo dos taquígrafos, que eran españoles, y años más tarde, por iniciativa de uno de sus directores, Gabriel Larralde, se incorporó un nuevo sistema más completo, que permite velocidades de hasta 200 palabras por minuto, que sigue usándose actualmente”.

Recordando a diputados que hayan dejado un sello en cuanto a dificultades o a facilidad para traducirlos, elige en el primer caso a “Raúl Baglini, el radical, en los ‘80, había que seguirlo mucho, era muy rápido y técnico, y siempre es más fácil seguir un discurso político que uno técnico. En cambio, el que tenía un buen desarrollo y muy claro era Alvaro Alsogaray, que era muy prolijo en cómo decía las cosas”.

También comenta que durante el gobierno de Fernando De la Rúa, hubo una huelga de taquígrafos por el cierre de la imprenta por orden oficial, y ese día no bajamos a tomar el registro, solo lo hicieron dos directores, al punto que algunos querían invalidar la sesión porque no había testimonios de lo tratado”.

Tampoco se olvida de un hecho muy violento protagonizado en 2001, en plena crisis, cuando salieron con su esposa del Congreso. “La gente estaba tan indignada que le pegaba a cualquiera, nos confundieron con diputados, y debimos salir corriendo, a la vuelta un colectivero se apiadó de nosotros, nos abrió la puerta y subimos como pudimos, al toque un grupo reventó piedras contra el vidrio, allí sí nos salvamos de algo peor”.

DEL CONGRESO A LA ONU Y NUEVA YORK

Pocos saben que uno de los escritores célebres que se desempeñó como taquígrafo fue nada menos que José Hernández, asi como Luis Podestá Costa, antiguo director del área y que fue canciller del presidente Agustín Justo, mientras el socialista Antonio De Tommaso, ex ministro de Agricultura, también supo de estas tareas.

Entre los recuerdos más impactantes de su trabajo, Castellano cita que “en 1974 el diputado Ortega Peña se despidió con un discurso a la tarde, y a la noche cuando salí, me entero por los diarios que lo habían asesinado”, y agrega que “también asistimos a muchas peleas entre legisladores, varias de ellas a trompadas”.

Castellano no solo vivió buena parte de su actividad en el Congreso, y detalla que muchos estuvimos en organismos internacionales, yo estuve en la ONU, y viví en Nueva York durante más de tres meses, y me parecía mentira estar tomando notas en una sesión donde estaban Reagan y Gorbachov”, y remarca que “también conocí los mètodos de trabajo en otros países, al visitar la Cámara de los Comunes en Londres, y los parlamentos de Brasilia y de Berlín”.

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