Desde hace 14 años el ex puntero que hizo historia con San Telmo en Primera División, que trabajó como periodista y es taxista, comanda una escuela de fútbol en un colegio del barrio de San Cristóbal.

La decena de chiquitos que corren contentos a su encuentro a saludarlo en la cancha del Colegio Nuestra Señora del Huerto, en San Cristóbal, traslada la memoria de Enrique Pisapia a la tarde en que sus compañeros de equipo lo abrazaban apenas instantes después que una rápida escapada suya terminara con el tercer gol con que San Telmo, en su paso por primera División, derrotaba a 3 a 1 a Boca Juniors en la cancha de Huracán.

Hace 36 años que Hugo Orlando Gatti quedó vencido tras ese feroz contraataqué, tal como lo rememoran las fotos de los diarios del lunes siguiente, recuerdo en blanco y negro que Pisapia transforma a pleno color en medio de los abrazos de pibitos de 6 y 7 años previos al inicio de la clase de fútbol.

“Esto es muy lindo” aclaró a HISTORIAS DE VIDA este ex futbolista de “apenas 60 años”, como certifica orgulloso en medio de las muestras de cariño infantil que solo se disipan cuando la pelota entra a rodar en el patio del colegio.

Allí Pisapia está a cargo desde hace 14 años, cuando empezó con 28 chicos, del fútbol extraprogramático. Hoy el número de inscriptos asciende a 160.

“Algunos saben que fue futbolista profesional y a otros sus padres le han contado que le hice un gol a Boca” apuntó Kiko, el apelativo con que los nenes lo llaman una y otra vez desde los distintos sectores de la canchita.

La sonrisa del gol

“Lo bueno de trabajar con los chicos es que no te haces la malasangre que te genera el fútbol”, señaló, convencido que su aporte para los campeonatos de la Liga Comunidad Católica le trae muchas más satisfacciones de las que le podría generar la actividad en el medio profesional.

Pisapia jugó en las inferiores de River, integró el equipo de Huracán campeón del 73 y también en primera se puso de camiseta de San Telmo, All Boys y Sarmiento de Junín, donde empezó a retirarse tras un periplo por distintas ligas del interior.

Atrás habían quedado por entonces sus estudios en la Facultad de Odontología, donde llegó hasta el tercer año de la carrera a la que postergó por el fútbol, aun a pesar de los deseos de su madre que quería que terminara lo que había empezado. Sin embargo, el deporte más aunque también lo combinó con otra actividad: la de taxista, la que incorporó después que se casó con Nora.

“En verdad pasé de ser delantero a volante porque hace ya unos años que tengo un taxi -ironizó- con el que sumo unos pesos más para la casa” a la par que reconoce con sana envidia la enorme diferencia de ganancias existente entre los futbolistas de hoy con los de su época.

“En el taxi muchos pasajeros me reconocieron por el nombre de la licencia que está en el respaldo de la butaca de conductor, porque me sacaban físicamente, sobre todo los que eran seguidores del ascenso, porque no he cambiado mucho en estos años, u hasta por los que se acordaban de mi voz” por haber ido a entrenamientos o haber visto jugar cerca del alambrado.

Sin embargo es en el patio del colegio de Nuestra Señora del Huerto, en su querido San Cristóbal, donde Pisapia vuelve todas las tardes para enseñar jugando y reeditar feliz entre los chicos, la emoción hecha de pequeños abrazos de las tardes de gloria, con el fondo de grandes arqueros vencidos

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