Un matrimonio afincado en el barrio de Atalaya, en La Matanza, encontró en la posibilidad de satisfacer las necesidades de los chicos pobres, la manera de agradecer lo que la pareja consideró un milagro recibido.
Los seis hermanos en perfecta escalera etaria que un día de mucho frío y lluvia llegaron hasta la casa de Sandra y Rubén, en el barrio matancero de Atalaya, en Isidro Casanova, fueron la señal que ese matrimonio esperaba para empezar agradecer desde la práctica el milagro que los había mantenido unidos.

Una neumonía bilateral complicada con la fatídica Gripe A que golpeó en el país en el invierno de 2009, habían puesto a Rubén Dos Santos, hoy de 54 años, al borde de la muerte y con pocas esperanzas de salir adelante, como los médicos le habían anticipado a su esposa, Sandra Bustos, de 52.

Sin embargo, tras nueve días en terapia intensiva, Rubén empezó a encarrilar su situación y al poco tiempo volvía a su casa de Caupolicán y Lisboa para alegría de Sandra y de los cuatro hijos de la pareja. Pero la felicidad no iba a ser completa: el jefe de familia era cuentapropista y la enfermedad se llevó los ahorros de la casa por lo que el empleo como enfermera de su esposa debía rendir para mantener a la familia.

"Desde que volví a casa empezamos a pensar como creyentes de qué manera agradecer esa posibilidad que tuve" relató Rubén a HISTORIAS DE VIDA. Como no surgía ninguna idea concreta al respecto, su mujer le propuso dejar las cosas fluir porque, decía, "alguna señal va a aparecer". Y los seis hermanos golpeando la puerta de su casa una invernal tarde de junio de 2010 fueron el indicio esperado.

Hoy la pareja rememora como la poca plata que había en el hogar alcanzó para la primera invitación a tomar algo caliente esos seis chicos que habían caminado más de treinta cuadras bajo la lluvia para pedir en la calle. La taza de mate cocido y las tostadas pintadas con margarina y mermelada no solo llenaron el estómago de los pibes, también el alma de Sandra y Rubén.

"A la semana siguiente, como les habíamos dicho a los chicos que si querían volvieran a tomar la merienda, los seis pasaron a ser ocho porque trajeron a dos primitos que estaban en su misma situación", aportó Rubén.

A taza llena

El número fue creciendo de a poco y cuando rondó los quince, algunos vecinos del barrio se quejaron porque los chicos al llegar a lo de Sandra y Rubén, hacían algunas travesuras. Por esa razón, Sandra les habló a los chiquitos, les explicó la importancia de respetar para ser respetados y puntualizó que si seguían los reclamos, quizás no pudieran ofrecerles más la merienda. Resultado: no hicieron más lío por las calles. Con el tiempo, el comedor de la casa del matrimonio se convirtió en el merendero Las Manos Solidarias de La Matanza, que funciona de lunes a viernes a la tarde. Los sábados ofrece desde la mañana diversos talleres organizados por Sandra y el servicio de comedor.

"Nunca tuvimos ayuda oficial y los partidos políticos y gremios que se acercaron, siempre buscaron sacar un rédito y la verdad que si hubiera querido hacer política, hubiera hecho otra cosa", apuntó Rubén. Por suerte, nunca faltó un alma solidaria que les diera una mano para llenar tazas y platos.

Los seis hermanos que abrieron la historia ya no van por el merendero porque se instalaron con otros familiares por González Catán. Pero el aporte que hicieron sin proponérselo resultó fundamental para que otros 80 chicos permitan hoy que a diario Sandra y Rubén sigan honrando aquel milagro que los mantiene juntos.

Cuando los hábitos son impuestos por el reloj de la panza

Sandra, que se recibió a fin de año pasado como profesora de Psicología Social, hizo un trabajo profundo con los chicos que llegaban a su casa para que el rol del merendero tuviera un alcance que fuera más allá de la alimentación.

"Con los hermanitos que llegaron al principio hicimos un trabajo para que se llamaran por sus nombres, porque se referían entre sí por sus apelativos El Piru o El Corcho", destacó esta enfermera que se desempeña en la sala de Pediatría del Hospital Municipal del Niño de San Justo.

También confecciona carpetas con los datos de cada uno de los pibes que llega al merendero y el respectivo consentimiento firmado por sus padres, muchos de ellos cartoneros, para que haya un contralor más definido.

Una de las realidades que sorprendió a Sandra y su marido fue que cuando les preguntaban a los chicos que iban a tomar la merienda a qué horas solían comer, decían que lo hacían cuando les daba hambre. "Usan el reloj de la panza", acotó Rubén, que hoy se dedica de lleno a la organización del merendero que requiere hacer lo que, explicó, "aprendimos de los chicos. Pedimos por ellos para darles a ellos", destacó.

Además vecinos, comerciantes y voluntarios que se enteran por Facebook de la obra del merendero, no dudan en acercar su colaboración a Caupolicán 5836, o a ofrecerla al 4466-3353.