Empezó a escribir de grande para testimoniar en privado el enorme sentimiento que lo unía a la madre de sus hijas, en una producción creativa que lo llevó a sumar premios y distinciones.
Hace dos años que Alberto Soriano dejó de escribir las poesías que acostumbraba a leerle a Antolina, una auténtica musa corporizada en la mujer con la que se casó en 1949, después de haber quedado cautivado por la belleza sin igual de la entonces adolescente, circunstancia que le abrió las puertas a un irrefrenable amor juvenil que el tiempo supo galvanizar.

Concebir palabras, versos y rimas dejaron de tener sentido para Alberto, de 89 años, cuando Antolina murió porque, como afirmó el propio Soriano a HISTORIAS DE VIDA en la misma mesa en la que escribía sus poesías, "me falta lo principal, mi señora".

Rosal era el código secreto con que Antolina se reflejaba en cada creación de las más de cien que tiene escritas y que un día, a instancias de su hija mayor, Alberto empezó a hacerlas conocer más allá del ámbito familiar, lo que derivó en que diversas entidades lo distinguieran por su labor creativa.

"Hasta una de las pocas prosas que escribí es justamente todo lo que vivimos con Antolina desde el día que la conocí y que englobé en lo llame Historia de un Amor Eterno, porque eso es lo que me generó mi esposa", aseguró el poeta autodidacta que fue futbolista, profesor de judo, canillita y por más de 30 años, carnicero.

"Soy de los que llegué a descuartizar la media res usando serrucho pero es cierto que cuando apareció la sierra eléctrica la puse en el local" contó quien en realidad siempre había estado cerca de esa actividad. Primero cuando heredó el trabajo de su padre, que era abastecedor de carne, y después cuando empezó a ayudar a su hermano mayor, Juan, en su carnicería de Lomas de Zamora.

"Con Juan, empecé yendo una vez al mes para hacerle las libretitas de los clientes y como abastecedor -puntualizó- me fundí al poco tiempo porque Perón sacó a los intermediarios del negocio de la carne".

Pero Alberto se recompuso y abrió la primera de las dos carnicerías que tuvo y así empezó a forjar el destino de su familia integrada por su esposa y las tres hijas del matrimonio, María Elvira, Graciela y Viviana. Y cuando bajó la persiana del local, cerca de los 70 años, durante 11 trabajó como canillita en la parada de diarios de la estación Remedios de Escalada, localidad en la que hoy reside.

Amor de punta a punta

Los primeros acercamientos de Soriano a la escritura fueron en el Nacional Almirante Brown, de Adrogué, pero después de casado y con la llegada de los nietos, sintió la necesidad de expresar el profundo amor generado por Antolina.

Y así empezó a escribir poesías y prosas que tenían como única destinataria a su esposa quien, halagada como era por su poeta particular, guardaba toda esa producción con la cual su marido le certificaba cuanto la amaba con palabras que brotaban de lo más profundo de sus sentimientos.

"Escribía sólo para mi señora pero no las publicaba hasta que un día, a poco de cumplir 50 años de casados en 1999 -relató- mi hija Graciela me sugirió que las mandara a una concurso y así envié al diario La Idea una, La Canción del Amor Eterno, que ganó el primer premio".

Después hubo más distinciones para la actividad en la siempre Antolina era la inspiración. "Tenía que tener silencio para escribir. Así que mientras yo escribía en una punta de la mesa de la cocina, Antolina cosía en la otra punta", afirmó dolido porque desde hace dos años la mesa está ocupada en una sola de sus cabeceras. Sin embargo, en la cocina el clima de entonces se mantiene y aún se respira amor eterno.