Kelly Gissendaner es la mujer que, sin escuchar el pedido del Papa Francisco, las autoridades de Georgia ejecutaron por ordenar el asesinato de su esposo en 1997.
La voz, clara y dulce, se elevó liviana en la habitación. Era esas canciones que uno escucha en misa, pero este lugar era diferente: quien cantaban en una camilla a punto de ser ejecutada era Kelly Gissendaner. Entonaba Amazing Grace.
Rhonda Cook, una periodista del Atlanta Journal Constitution, fue testigo de la ejecución de Gissendaner -muerta con una inyección letal-, y compartió su relato con el Daily Mail.
"Me hicieron esperar en una habitación en la prisión de Diagnóstico y Clasificación de Georgia", cuenta.
"Alguien se preguntaba en voz alta que estaría ocurriendo en otra parte de la prisión. ¿Que estaría haciendo Kelly Gissendaner? ¿Comió su última comida de nachos y fajitas con limonada dietética? ¿La llamaron sus hijos? ¿Cómo enfrentaba esas horas sabiendo que era su último amanecer?", relarta Cook. Y agrega: "Cuatro horas después del horario pautado para la ejecución, nos llamaron. No pudimos ingresar con nuestras computadoras ni con nuestros bolígrafos: las ejecuciones son severamente controladas".
Eran seis testigos en total en la sala de la muerte. Luego estaban los abogados de Gissendaner y una mujer.
"Finalmente, nos llevaron hasta unos bancos de iglesia de madera, mirando hacia un enorme vidrio que daba a la cámara de ejecución. La camilla, en la que Gissendaner ya estaba atada, tenía un leve declive, con su cabeza elevada. Aún así debía estirar su cuello para ver a los testigos de su muerte impostergable. Una mujer a punto de morir miraba cómo nos sentábamos", describe Cook.
De sus brazos estirados en cruz y atadados, sobresalían dos vías endovenosas.
"Nunca había visto la ejecución de una mujer. Pero era difícil distinguir que se trataba de una. Tenía un aspecto muy masculino y había aumentado tanto de peso en prisión que era más grandota que otros hombres que ví ser ejecutados", dice.
Según el relato de la periodista, Gissendaner miró a todos a la cara. De un lado tenía a un cura y una enfermera. Del otro, al jefe de la prisión. Y entonces se le preguntó si quería decir unas últimas palabras.
"Los bendigo a todos", dijo. "Te amo Susan", le dijo a su abogada, quien le respondió con las mismas palabras, para luego hundir la cara entre sus manos en un llanto.
"Dile a mis hijos que me fui cantando Amazing Grace. Dile a la familia Gissendaner que lamento mucho que un hombre tan extraordinario (su esposo asesinado) perdiera la vida por mi culpa. Si pudiera revertirlo, lo haría. Solo espero que encuentren paz y felicidad", dijo. Y el proceso empezó, con las primeras estrofas de Amazing Grace claras y precisas, hasta que las drogas la silenciaron.
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