Todo empezó con la lanza. Ella surgió con la idea de arrojar algo para acertar un blanco animal o humano. El significado se expandió muy rápido. Para los romanos, el acto de tirar los dados se convirtió en un lance. En España, lance tomó también el sentido de echar la red sobre la borda y, más adelante, equivalió a algo así como trance o episodio (un duelo, por ejemplo, es un lance de honor). Pero la frase tirarse un lance nació en nuestro país. Se refiere, como muy bien lo explica José Gobello, a una “acción ejecutada sin seguridad de éxito con la esperanza de que el azar la haga provechosa”. Quien se tira un lance, ya sea en una conquista amorosa o al ir a dar examen muy mal preparado, recibe entre nosotros el calificativo de lancero. Este lancero -sin la menor conexión con los de Bengala- se arriesga a conseguir “de chiripa” lo que otros logran a pulmón. Ni bueno ni malo, “tirarse un lance” consiste en entregarse a las emociones del pálpito y la incertidumbre y esperar una ayudita del destino.

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