No recibirá partidos durante el Mundial, pero sí será el lugar de preparación para el equipo de Héctor Cúper. Un terrotorio en donde aún hay resabios del movimiento separatista

Entre las distintas sedes que FIFA confirmó para cobijar a las diferentes selecciones durante el Mundial en Rusia, ninguna genera tanta controversia como Chechenia, que, si bien no será escenario para partidos del campeonato, sí servirá de base de entrenamiento. Y hay solamente un equipo que eligió ese espacio: Egipto, que recalará en un terreno en el que todavía existen algunos resabios del movimiento independentista que pretende desprenderse de Moscú, algo que genera cierta zozobra para toda la estructura de seguridad a lo largo del mes de competencia.

Al mando de Ramzán Kadýrov desde 2007, y en plena alianza con el presidente Vladimir Putín, de quien se considera “un soldado de a pie”, en esa república que compone la Federación y está ubicada al norte del Cáucaso se aplicó una férrea purga que derivó en la reducción al mínimo del sentimiento separatista. Sin embargo, la explosión del terrorismo internacional en los últimos años, especialmente a pocos kilómetros de distancia, en Medio Oriente, hizo que se radicalizara el islamismo que se profesa en la zona, y sea una amenaza latente para Europa.

Por caso, la semana pasada un joven de 20 años mató a una persona e hirió a varios más en un ataque a cuchillazos en París, todo reivindicado por el Estado Islámico. Se trataba de Khamzat Azimov, nacido en Chechenia, que llegó a Francia como refugiado tras aquellos operativos efectivos establecidos por el mandatario asociado al Kremlin. Poco después, la Policía gala detuvo en Estrasburgo a un cómplice que vestía una remera con una insignia particular en inglés: “Defender Grozny”.

¿Qué es Grozny? La capital chechena, donde se desarrollaron un gran caudal de enfrentamientos en el marco de dos guerras civiles en la década del 90’, cuando se potenció el conflicto entre los independentistas y Rusia.

chechenia

El primer drama bélico se dio entre 1994 y 1996, y la mecha se encendió cuando el ejército ruso pretendió recuperar ese territorio que había declarado su independencia poco antes con el colapso de la Unión Soviética. El movimiento no resultó como Boris Yeltsin, el presidente, quería, y la guerrilla sostenida logró su objetivo pese a las diferencias en número y logística.

En tanto, y tras el armisticio unilateral por parte de Moscú, en 1999 se desató el segundo acto, más cruento, y que duró hasta 2009, aunque el mayor desgaste se dio en los primeros dos años, justo antes que tome el poder Putín.

En ese lapso es cuando se resaltó el terrorismo en la región, a tal magnitud que entre los combatientes desde el lado separatista había hombres pertenecientes a Al Qaeda, esa organización que propició, poco después, el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. ¿Qué pasó? Los independentistas perpetraron una serie de ataques en pleno Moscú, con varios muertos como saldo, y Rusia avanzó con sus tropas hacia Chechenia, estableciendo un gobierno directo en ese espacio para hacer mermar el accionar de los rebeldes, hasta casi lograr su anulación.

Aún así, los atentados, si bien de menor intensidad, continuaron. Y el gran golpe se dio en 2004, con la muerte, en un desfile militar en el Estadio de Grozny, de Ajmar Kadýrov, el padre del actual jefe de Estado, algo que obligó a mover las piezas en el Kremlin y generar un ambiente tal de rudeza, llevado a cabo años después bajo el gobierno del hijo, que son innumerables las denuncias por parte de organismos de Derechos Humanos.

Y en el interín no sólo los rebeldes sufrieron las consecuencias, sino también cualquier movimiento con atisbo opositor o incluso minorías religiosas o culturales.

Entre ellos, los homosexuales están en el centro de la escena, con represión brutal y hasta informes de ser recluidos en campos de concentración.

Con la sharia como base religiosa, Kadýrov hizo de Chechenia un bastión islámico de relación estrecha con Moscú, que cuenta con un servicio de seguridad de envergadura. Sin embargo, y más allá de su estructura sólida, no está exento de chispazos que generen un polvorín en la zona, despertados, justamente, por mensajes expuestos como el ocurrido en París recientemente.

En ese lugar convulsionado saltará en el campo y moverá el balón Egipto, al mando del argentino Héctor Cúper y con la figura estelar de Mohamed Salah en el plantel, pese a que sus partidos en el grupo A están lejos del búnker, y deberá recorrer un gran caudal de kilómetros para medirse con Uruguay en Ekaterimburgo; ante el propio Rusia en San Petersburgo y contra Arabia Saudita en Volgogrado.

A su vez, su llegada a Grozny tiene una particularidad: el país africano es eminentemente musulmán, y arriba a un espacio donde esa religión es base. El problema se evidencia en la radicalización reciente en Chechenia, situación con lo que el propio Egipto, de tendencia más laica, luchó, de forma interna, en los últimos años. Para colmo, la apertura del certamen se da justo en el cierre del mes de Ramadán, época sagrada en la que, entre otras cuestiones, hay un ayuno prolongado (a lo que, ya en lo estrictamente deportivo, el técnico campeón con Lanús de la Conmebol tendrá que amoldarse para entrenar a sus jugadores).

Aquel conflicto, a fin de cuentas, junto al resto de los ítems a nivel local e internacional, podría propiciar un inconveniente mayúsculo que genera varios interrogantes en el devenir del Mundial, pues no todo es fútbol, también hay política y religión a la vista.

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