El equipo de Sampaoli llegará al debut rodeado de pésimas decisiones y abrumado por la mala suerte, señales negativas que hacen temer lo peor. Claro que muchas veces los problemas se agrandan, pero nosotros tenemos a Messi.

El gran Pepe Biondi lo hubiera definido con una de sus clásicas frases: “¡Qué suerte pa’ la desgracia!”. Así estamos. Así llegamos al Mundial, en medio de una tormenta interminable de problemas. Casi como arrastrando una maldición cuyo surgimiento parece coincidir con la muerte de Julio Grondona, a poco de la finalización de la Copa del Mundo de Brasil 2014.

Desde entonces, ni siquiera los guionistas del mismísimo Biondi podrían haber creado los argumentos tan desopilantes como los que acompañaron este proceso con entrenadores renunciados, elecciones empatadas, equipo de emergencia para los Juegos Olímpicos y un sinfín de desprolijidades que nos dejaron, entre otras cosas, al borde de no clasificarnos al Mundial.

Desde entonces, todo está igual, nada ha cambiado. Entre papelones, malas decisiones y lesionados sobre la marcha, todo parece indicar que a la hora del debut en Rusia, cuando el equipo se forme para cantar el Himno Nacional, deberá cantar el tema de Ignacio Copani, “Lo atamo’ con alambre”.

En los papeles, en la teoría, dirigentes, cuerpo técnico y jugadores están reuniendo todos los ingredientes para preparar un gran ensalada rusa. Si hay requisitos para asegurarse un fracaso, los están cumpliendo todos, en especial en este tramo final que arrancó con la accidentada confirmación de la lista de 23: un día más tarde, Chiquito Romero debió ser reemplazado debido a una lesión en la rodilla. Para entonces, el padre de Nahuel Guzmán ya había cargado las redes sociales con caricaturas agraviantes de Sampaoli, molesto por la ausencia de su hijo, quien finalmente fue convocado.

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Eliana Güercio y Wanda Nara, esposas de Romero y Mauro Icardi respectivamente, aprovecharon la oportunidad para exponer su gen conflictivo y hacer declaraciones farandulescas.

Llegó el amistoso con el poderoso Haití y luego el viaje a la concentración en Barcelona, probablemente acordada entre el cuerpo técnico y el papá de Messi en una de sus reuniones, los días de descanso (pese al escaso tiempo para la preparación) con fotos de Ansaldi en un jacuzzi, el desplante a la invitación papal del Vaticano, las amenazas en la práctica por el pueblo palestino debido a la inconciencia de la dirigencia argentina (incluido el Gobierno) de organizar un partido en Jerusalén, la consecuente suspensión del único amistoso que quedaba para ajustar tuercas, la lesión de Manuel Lanzini y la exagerada demora para elegir al reemplazante (apellido y, peor aún, función) dejando en evidencia que el cuerpo técnico no armó una lista completa.

Todo esto sumado a un rumor que amenaza con desnudar conductas inapropiadas del mismísimo entrenador argentino.

Pero se trata de fútbol. Y en este deporte maravilloso puede pasar cualquier cosa. Encima, si de tu lado está el mejor de todos, las chances de que la gloria golpee a la puerta no son pocas. Por eso, pese a todo, Argentina sabe que llegará golpeada pero viva. Muchas veces, los problemas te agrandan; en las flaquezas se encuentran fuerzas. Tal vez ésta sea una de esas ocasiones.

Ojalá. Porque sino es así, habrá que escuchar otra vez a Biondi, pero esta vez diciendo: “¡Patapúfete!”.

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