Un partido de manual: Islandia esperando y soñando con un contraataque y Argentina con la pelota, con el campo y por supuesto con la iniciativa. Y no alcanzó para ganar. ¿Por qué? Porque faltó frescura, vuelo, claridad y mayor resolución ofensiva, más allá del penal que Messi malogró en el segundo tiempo con un zurdazo anunciado y demasiado light que tapó el arquero, arrojándose hacia su derecha.
Islandia no hizo nada sorprendente. Nada que no se esperaba. Se decía que era una selección dura, que podía imponerse por fortaleza física para ganar en los duelos individuales y que su ambición de ninguna manera iba a superar la frontera del empate. Todo eso ocurrió durante los 90 minutos, más los 5 de adicional. Lo que no ocurrió se enfocó directamente en Argentina, aunque su producción general no se puede calificar como muy pobre, pero sí de insuficiente.
Las obligaciones eran de Argentina. Todas las obligaciones. No algunas. Y en este plano de las responsabilidades propias se cumplió a medias. Asumir el compromiso de tener la pelota y administrarla en campo adversario tocando hasta encontrar los espacios que siempre parecen estar clausurados, es solo una parte del libreto. Es la primera parte. Casi la elemental. La que está en los libros del fútbol de todos los tiempos.
Después viene el segundo capítulo. El más valioso. El más influyente y determinante. El que se nutre del desequilibrio ofensivo. De las llegadas. Del preámbulo del gol. Y del gol. Ese capítulo que sirve para abrazar una victoria (en este caso muy necesaria para no jugar con la soga al cuello el próximo jueves ante Croacia), la Selección no logró desarrollarlo.
¿Qué le pasó? Lo que le venía pasando en las últimas Eliminatorias, cuando clasificó a Rusia 2018 en la última jornada. No tuvo entre otras cosas, sintonía fina. Ni Messi la tuvo. La sintonía fina es el bordado de una jugada tan precisa como contundente. Esa jugada no se concretó ni en el gol que anotó el Kun Agüero a los18 minutos de la primera etapa, quien capitalizó un remate mordido de Rojo y dentro del área sacó una media vuelta estupenda para clavar el zurdazo arriba.
No encontró casi nunca Argentina el toque y la devolución exacta para perforar a un fondo amurallado. No encontró esa dosis insustituible de talento que se necesita para tirar una pared milimétrica por el medio (lo intentaron Messi, Agüero y Meza por el centro) y quedar cara a cara con el arquero rival.
La consecuencia posterior al gol del empate de Islandia por medio de Finnbogason después de un par de vacilaciones de Caballero (si transmitió algo en particular fue inseguridad), radicalizó la tendencia natural del partido. Y dejó instaladas varias preocupaciones. Una de ellas es la imagen de fragilidad defensiva que reveló Argentina en las contadísimas ocasiones en que Islandia intentó atacar. Como si le costara demasiado a la Selección retroceder y cubrir los espacios. Como si al no controlar la pelota no controlara los ritmos del encuentro.
Pero lo que quedó más en evidencia a favor del monopolio de la pelota en la segunda etapa, fue la ausencia de imaginación para trascender la barrera del dominio territorial. Es cierto que Messi no tiene que hacer todo. Porque nadie hace todo. Ni Pelé ni Maradona lo hicieron, aunque estuvieron cerca. Pero la realidad que no puede ocultarse es que siempre se espera algo más de Messi. Algo que lo distinta del resto. Algo que termine quebrando la naturaleza formal del partido.
Esa magia no vio la luz. Y Argentina se fue apagando. Y se fue desgastando en insinuaciones. En jugadas no claras. En centros para nadie. Que igual mereció ganar, no quedan dudas. Mereció ganar. Pero esto se tendría que descontar. ¿Cuál es el mérito de ser superior a Islandia? No existe ese mérito. Está escrito hace décadas en todos los libros de la historia futbolística.
El tema fundamental es manifestar también esa potencial superioridad en la zona de definición, para no ser una canción desesperada. El partido de manual que invocamos en el arranque no tuvo sobresaltos. Salió a pedir de Islandia. Y lo puso a Argentina frente a una instancia de cara a cruz ante Croacia. Si gana tiene chances concretas de pasar a octavos. Si pierde, apurará su despedida del Mundial.
Plantear que la Selección tiene que crecer, es una obviedad. La pregunta es una sola: ¿puede crecer en la medida de las exigencias que se le avecinan?