El 22 de junio Nigeria e Islandia se verán las caras en el Volgogrado Arena, en el marco de la segunda fecha del Grupo D. Aparecerán en escena en busca de un triunfo en la zona que integra Argentina, en un estadio remodelado, ampliado de forma mayúscula, siendo una de las mayores obras arquitectónicas de Volgogrado, la ciudad a orillas del Volga, el río más largo de Europa, que le concede su nombre y se considera una de las más modernas de Rusia.
Será exactamente 77 años después de la denominada Operación Barbarroja, esa aventura bélica que impulsó Adolf Hitler al invadir la Unión Soviética y que, poco tiempo después, en plena Segunda Guerra Mundial, hiciera de esa región, totalmente devastada, el escenario de la lucha más sangrienta de la historia de la humanidad.
Utilizada por el arte en infinidad de ocasiones, y base de homenajes al por mayor en distintas partes del mundo, pasando por el cine hollywoodense o la poesía de Pablo Neruda al resaltar el heroísmo y la fuerza de voluntad soviética por sobre la logística y eficacia alemana, la batalla de Stalingrado, tal como se la conocía a la ciudad a mediados del Siglo XX, fue el punto de quiebre para que el nazismo, triunfante hasta ese instante, sufriera una derrota contundente que propició el largo camino a la rendición definitiva en 1945, justamente siendo los soviéticos los que dieron el golpe decisivo, haciendo caer Berlín.
El saldo nefasto fue de más de dos millones de muertos, entre soldados y civiles, todo en un lapso de seis meses desde agosto de 1942 a febrero de 1943. Y significó, por mucho, el combate más dramático. ¿Por qué? Porque, por su simbología, dado el nombre que homenajeaba al líder rival, y el sitio geoestratégico, en las puertas del Cáucaso con su manantial de petróleo para suministrar la industria bélica, Hitler emprendió una cruzada en la cual no se permitió retroceder y por eso terminó por observar cómo se doblegaban sus fuerzas de forma notoria. En paralelo, Stalin, a sabiendas de esa simbología, y la relevancia de los recursos, apeló a toda una población para que defendiera de cualquier manera su espacio. Ese combo hizo de Stalingrado la representación auténtica de la guerra total.
Todo comenzó un 22 de junio, pero de 1941. Aquella operación con la que el mandamás nazi dio por tierra con el acuerdo de no agresión que había rubricado poco antes con su par soviético, fue el principio del fin del dominio alemán sobre el Viejo Continente. Es que los resultados no fueron los esperados y, sin imponerse en la velocidad requerida con su ejército y la potente aviación, el jerarca germano optó por cambiar de idea. El itinerario hacia Moscú se hizo espinoso y la lógica indicaba que había que ir hacia el sur, donde abastecerse del oro negro necesario y, a su vez, anularle ese recurso a la URSS. Se activó así, un año después, la Operación Azul.
Hitler diseminó a sus escuadrones, algo que les quitó cierto poder de fuego, con el objetivo de quebrar la resistencia del enemigo. Fue un error que derivó, entre idas y vueltas, en la caída de unos batallones que estaban integrados en su mayoría por rumanos, italianos y croatas, todos asociados al régimen nazi, siguiendo a la cabeza de la Wehrmacht, esa fuerza armada alemana que fue pilar durante toda la guerra para ganar territorio.
Los invasores se toparon con un adversario estoico, que no se amilanó y, envolviéndolo en el campo de batalla, les dio la caída más dura. El registro más claro de esa sensación se sentenció tras la rendición, pues 91 mil combatientes derrotados emprendieron la denominada “Marcha de la Muerte”, quedando, por agresiones y enfermedades en el crudo invierno ruso, apenas 6 mil con vida al final del camino.
La ciudad quedó completamente destruida pero sirvió, en la voz de su población, como mensaje fortalecido para los soldados del bando aliado, ya que se vislumbró allí cómo, un Hitler megalómano, empezaba a perder fuerzas. A tal magnitud la importancia de esa batalla que, en el seno del nazismo, con la locura de su líder a cuestas, se pretendió dar un golpe de Estado unos meses después: se trató de la, también llevada al cine, Operación Valquiria, que no surtió el efecto deseado, ejecutados todos sus conspiradores.
Hasta la década del 60', poco tiempo después que murió el hombre que le dio su nombre, Stalingrado fue tal, para cambiar el nombre a la actual Volgogrado, esa ciudad que fue símbolo absoluto durante el época soviética, y que actualmente, siendo pieza clave de la federación rusa, es una moderna zona, restablecida por encima de aquellos escombros teñidos de sangre. Le dará tiempo este mes al fútbol, un deporte que, como ya lo señaló Claudio "Chiqui" Tapia, debe ser siempre "un mensaje para la paz mundial".