La formidable goleada a Ecuador se inscribe en el crecimiento sostenido que viene expresando esta Selección totalmente renovada que fue encontrando un funcionamiento y una idea para elaborar la coordinación colectiva que hoy logra mostrar, a pesar del escepticismo inicial.

Ahora, que ya dirigió 19 partidos a la Selección con el reciente y estupendo 6-1 a Ecuador en España, (11 triunfos, 4 empates y 4 derrotas; 37 goles a favor y 14 en contra), hay que ser sincero: en Lionel Scaloni no creía nadie. Nosotros tampoco. No tenía pasado como entrenador. Y no se vislumbraba un buen futuro al frente del equipo nacional cuando luego del colapso en Rusia 2018 quedó a cargo de semejante responsabilidad después de la salida nada cordial de Jorge Sampaoli y de su colaborador Sebastián Beccacece.

Sin embargo, el rosarino de 38 años (Menotti salió campeón del mundo con 39 años) demostró en los quince meses que ejerce como entrenador de la Selección que existió un error cuando se lo criticó, sin pausas, de manera anticipada. El error de apreciación se reveló en la misma medida en que él fue desarrollando su labor y armando una Selección que en Rusia había quedado en zona de altísima emergencia.

No es que estamos sosteniendo ahora que lo de Scaloni es maravilloso ni pretendemos compararlo con las cualidades y los brillos que viene expresando Pep Guardiola desde que asumió en Barcelona en 2008. Pero está claro que en muy poco tiempo, con la prensa en contra que pedía la presencia del Cholo Simeone, Marcelo Gallardo o Mauricio Pochettino asumiendo ese rol y de cara a un escenario de gran complejidad, supo elaborar una renovación del plantel inteligente aún con Messi en muchísimas oportunidades ausente y dejando una imagen positiva y alentadora de la Selección, que trasciende el 6-1 a Ecuador.

Se manejó con prudencia, autonomía y un timing elogiable, Scaloni, más allá de los aportes específicos de sus laderos Walter Samuel, Roberto Ayala, en otras circunstancias Pablo Aimar y el Flaco Menotti como Director de selecciones nacionales, quien junto al presidente de AFA, Carlos Tapia, lo confirmaron pocos días después de la Copa América en Brasil como el técnico de Argentina hasta el Mundial de Qatar.

La falta de experiencia que acreditaba como una deuda que el ambiente del fútbol argentino ponía en primerísimo plano para bajarle el precio e ir en búsqueda de otros entrenadores con más peso, trayectoria y recorrido, fue perdiendo densidad y volumen en la misma proporción en que Scaloni sin tirarle centros a nadie en particular y sin contar con adhesiones mediáticas tan naturalizadas y extendidas en estos tiempos, en base al rendimiento de la Selección logró perforar el escepticismo y la negatividad inicial.

No es que hoy se levanten banderas por las calles alentando su trabajo y sus decisiones, pero se reconoce que interpretó sin volantazos desesperados y urgentes la necesidad de ir construyendo otra Selección. Y lo está haciendo bien. O muy bien. Muchísimo mejor de lo que cualquiera podía imaginarse hace apenas un año.

Este mérito incuestionable no es de ninguna manera una cuestión menor. O una cuestión secundaria. Es un tema central. Porque la Selección estaba obligada a provocar cambios significativos, luego de apostar por una generación de jugadores muy valiosos e influyentes a los que se les había terminado su ciclo en el último Mundial.

La reconstrucción que encaró Scaloni (nunca dejamos de lado a sus colaboradores) sin lugar a dudas fue virtuosa sin ser extraordinaria. Fue encontrando lo que parecía que no estaba: jugadores calificados para determinadas funciones. Como Foyth, Martinez Quarta, Pezzella, Montiel, Paredes, De Paul, Palacios, Lautaro Martínez, Ocampos y Alario, entre otros.

Y lo más importante es que Argentina delineó un rasgo muy cercano y compatible con un funcionamiento. No un gran funcionamiento, pero juega a algo predeterminado la Selección. Deja señales inequívocas en esa dirección. Como si interpretara un mensaje, una idea, un proyecto futbolístico que, en definitiva, se va consolidando. Por eso parecen estar contenidas las individualidades a favor de un equipo. Incluso en etapa de pruebas que ya finalizaron con los cruces ante Alemania y Ecuador y en la que no hay una formación estable. Pero igual confirma que se está gestando algo que supera la figura de un triunfo o una derrota circunstancial. Con Messi o sin Messi.

¿Sorprendió, entonces, Scaloni? Sí, seguro. Una buena sorpresa. Aquel que en apariencia no daba la talla, demostró que las miradas estaban cargadas de prejuicios. Y en otros casos de intereses concretos y tangibles para darle aire (en forma de lobby) a otros técnicos. La marcha que encaró la Selección después de Rusia 2018, no estaba subordinada al voluntarismo. La respaldan los hechos. Y los rendimientos

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