¿Boca tiene un equipazo como parece querer reflejarlo el ambiente del fútbol argentino, siempre tan cortesano, amable y sensible con los peces gordos? La respuesta no es compleja: no tiene Boca un equipazo. Por lo menos por ahora. Y no se sabe si lo tendrá en el corto o mediano plazo.
Lo que sí se sabe pero quizás todavía no se dice es que en Boca se está respirando un peligroso clima, más allá del reciente episodio de violencia de género que envuelve a los colombianos Cardona y Barrios. Un clima de altísima presión que se va a profundizar apenas debute en la Copa Libertadores el 1º de marzo frente a Alianza Lima, en Perú.
El objetivo de ganar la séptima Copa Libertadores para igualar la marca hasta el momento inalcanzable de Independiente, ya parece poco menos que una obligación autoimpuesta en el calendario xeneize. Lo plantea Riquelme como una necesidad. Lo repite la dirigencia liderada por Daniel Angelici, lo asumen Guillermo y Gustavo Barros Schelotto, lo naturalizan los jugadores, lo exigen amplios sectores de la prensa funcional a los intereses de Boca y por supuesto lo piden sus hinchas.
Esta agenda que pone en un altar la vuelta olímpica en la Copa Libertadores como si fuese un mandato cultural de los dioses no revelados del fútbol, expresa un nivel de urgencia extremo y negativo para cualquier proyecto futbolístico.
Mostrar las medallas y exclamar que “!esto es Boca¡” como una proclama guerrera no alcanza para cosechar consagraciones muy deseadas. Guillermo Barros Schelotto, prudente y austero a la hora de las declaraciones públicas, sabe cómo lo supo desde que comenzó a vestir la camiseta de Gimnasia, que ganar en la víspera es una pésima interpretación. Nadie gana por anticipado como ocurre en el básquet o en el rugby. La historia del fútbol mundial lo certifica en innumerables ocasiones.
Sostener que Boca precisa sí o si bajo la gestión voluntarista de Angelici levantar la Copa que se le niega desde el 2007 cuando un Riquelme descomunal se puso al frente del equipo en todos los planos, es hablar por hablar. Todos precisan algo en particular por adentro y por afuera de las fronteras del fútbol. El gran tema es como conquistarlo. Y como bancar durante los desarrollos el rumbo emotivo de la competencia.
Hoy, más allá de los optimismos inalcanzables, el equipazo de diseño no está. Es más: no hay ningún equipazo en el fútbol argentino. Independiente no lo es, aunque haya obtenido la Copa Sudamericana jugando bien. River menos. San Lorenzo y Racing tampoco. Y el resto, sin certezas.
“Lo que hemos logrado es una paridad muy grande que permite pensar que tenemos dos equipos, porque Juegue quien juegue se puede mantener la jerarquía. Es una característica muy buena que debe tener Boca, como la tienen los grandes equipos del mundo como Barcelona y Real Madrid ”, afirmó Guillermo hace unos días en una conferencia de prensa. Y dejó picando algo que seguramente lo habrá disgustado cuando vio la repercusión mediática que generaron sus palabras.
Comparar a Boca con el potencial futbolístico del Barcelona y Real Madrid no habrá sido el propósito de Guillermo. No es tan inocente para ubicarlo a su equipo a esa altura. Pero ahora ya es tarde para aclaraciones. Y la vara volvió a elevarse aún más: como si Boca se pusiera en igualdad de condiciones que el Barça y el Madrid. Y cualquiera que frecuente el fútbol no desconoce que esa simetría virtual no es real. Es ficción.
Una mochila cuyo valor agregado también lo encarna la presencia de Tevez, bien considerado en público por la dupla técnica de Guillermo y Gustavo, pero observado en privado como un protagonista muy influyente en los medios que viene a ocupar espacios que ya estaban cubiertos. Y que va a alterar el dibujo táctico del equipo, aunque la táctica siempre es secundaria.
Todos estos elementos juntos enfocan a Boca como el equipo elegido (por el ambiente) para romperla. Y para ganar por séptima vez la Copa Libertadores. Es un combo muy atractivo para el show mercantilizado del fútbol, pero puede ser a la vez muy perturbador. Habrá que seguir de aquí en más la marcha errática o firme de Boca. Porque el tiempo (mal que les pese a muchos) no para.