El gobierno buscó dar una señal política al presentar su propuesta por la deuda, que sorprendió a propios y extraños con la reacción en Wall Street. El trasfondo de la polémica por el encierro de los mayores habrá que encontrarlo en la búsqueda de alternativas para una cuarentena que lleva a la destrucción de la economía

Dueño de un emprendimiento que prosperó razonablemente estos años, el protagonista de esta breve historia aceptó sin chistar -y justificándola- la cuarentena desde el primer día. Sin buscar resquicio alguno para circular, pues sus clientes eran en gran medida comercios y restaurantes que estarían cerrados. Pero atento al vencimiento de unos cheques que entrarían en un mes y que necesitaba cubrir. Por eso desde el primer día buscó comunicarse con el banco con el que trabaja desde siempre. Por suerte es un banco público, se dijo, pensando que tendrían más consideración por la situación. Pero nunca logró comunicarse telefónicamente, ni a través de la web. "Turnos no disponibles momentáneamente", es la sentencia que responde a cada intento online.

No tuvo mejor suerte con la AFIP, que le rechazó la postergación del pago de las cargas sociales. Inexplicable. Tal vez fue porque después de la última extensión del aislamiento anunciada por el Presidente, pidió un permiso para circular e imaginarán por eso que está desempeñando su actividad normalmente, razonó su contador al no encontrar justificación al rechazo. Lo cierto es que la web de Trámites a Distancia recibió su pedido el lunes 13, pero lo que en principio debía ser respondido en 24 horas, tardó 48. Y cuando fue habilitado, la autorización tenía vigencia hasta… el 19 de abril.

El protagonista de esta historia -que puede multiplicarse por decenas de miles- pagó el sueldo de marzo de sus empleados, pero ya no podrá hacerlo el mes que viene. Un banco privado le ofreció la solución para su problema financiero de 200 mil pesos, ofreciéndole un crédito por el que terminaría abonando 800 mil.

Ese es un caso testigo entre miles. El gobierno hizo muchos anuncios, pero la implementación de los mismos lleva más tiempo del imaginado. Hay promesas para todos, pero las soluciones no alcanzan, o demoran. Tiene sentido: la situación es inédita. En el mientras tanto, todo se justifica con el temor al mal mayor, que es el riesgo sanitario. El sacrificio de la economía se admite en el altar de controlar la curva de casos.

El temor a los desbordes sociales es atendido con bolsones de alimentos enviados a las zonas más calientes. La presencia del Ejército en ese reparto tiene también un rol disuasivo. En el Conurbano la Gendarmería genera un efecto tranquilizador, que en esta coyuntura se replica con los militares. Paradoja: el Ejército llega a esos sitios de la mano de La Cámpora.

La clase media golpeada como nunca por la crisis no protagonizará desbordes, pero el riesgo del quebranto llevará a miles a flexibilizar la cuarentena per sé.

El gobierno se dispone a anunciar la liberación gradual de más actividades, y a partir de la próxima semana dará potestad a los gobernadores para disponer relajamientos parciales. La salida de la cuarentena no es un tema sencillo; por el contrario, es algo que el mundo aún no ha resuelto. El gobierno nacional y el porteño vienen trabajando de manera muy cercana en esta pandemia, y hay un respeto especial de parte de la administración de Fernández en lo que viene haciéndose en CABA, al punto tal que ese distrito lleva la vanguardia en medidas luego adoptadas por Provincia y Nación.

Pensando en la salida del aislamiento fue que surgió la malograda idea de limitar el encierro a los mayores de 70 años. Idea que surgió como tal y luego se maquilló, ante las reacciones adversas. Pero venía circulando en papers encomendados para idear una salida organizada para el encierro. Va en el sentido de otras adoptadas en CABA, como la de poner en cuarentena en hoteles de la Ciudad a los argentinos que regresan del exterior. Amén del fastidio que ese encierro puede generar, la medida permitió detectar entre los mismos a 75 infectados.

En este caso, la idea había sido expresada en algunos medios y seguía este razonamiento: si aislamos a los sectores de riesgo, podría pensarse en la vuelta de la actividad. Es en ese marco que en algunos lugares del mundo con mayor nivel de testeo se estudia la posibilidad de habilitar a quienes ya están inmunizados para la vuelta a sus tareas.

El alineamiento Nación-Ciudad se ratificó el viernes cuando el presidente Alberto Fernández salió a bancar a Horacio Rodríguez Larreta en su medida -luego morigerada- destinada a los mayores de 70. El jefe de Gobierno, por su parte, confirmó su respaldo a las negociaciones que el Palacio de Hacienda lleva adelante por la deuda. Ya el día anterior había dado una señal con su presencia en Olivos, y el Presidente había reforzado la señal sentándolo a su izquierda.

A la derecha de Fernández se ubicó la vicepresidenta Cristina Kirchner, pero en lugar de completar el protocolo institucional sentando del otro lado al presidente de la Cámara de Diputados, pusieron a Larreta. Privilegiaron la señal política de ubicar allí a un opositor.

El anuncio por la deuda encendió alarmas, pues la propuesta está lejos de reunir los requisitos necesarios para su aceptación. Aunque hacia adentro generó cierto alivio: "Ya está hecho", resumió un funcionario de la Rosada una vez cumplimentado el tan demorado trámite, al que en el mundo pre-pandemia este gobierno había dispensado su principal atención. La reacción de los mercados al día siguiente sorprendió a propios y extraños. Cuando los economistas imaginaban una catástrofe, el riesgo país se derrumbó 500 puntos tras la oferta de canje, los bonos subieron y el dólar se estabilizó, después de una semana muy mala.

¿A qué atribuir semejante reacción?, se preguntaron todos de inmediato y comenzó a especularse con la letra chica del acuerdo propuesto, que aún se desconoce. Más allá de los enunciados en los que sobresalió la afirmación presidencial de que "estamos en default técnico" y la de Martín Guzmán de que "hoy la Argentina no puede pagar nada", hay algo que en Wall Street saben o intuyen. "Fernández no quiere el default", repetían economistas el viernes, que deslizaban que en las negociaciones que se extenderán a lo largo del próximo mes, el Presidente puede introducir modificaciones que desemboquen en un arreglo.

Ya en la propuesta esbozada fue tomado como un buen gesto que -contrariamente a lo que había trascendido- el gobierno se comprometiera a comenzar a pagar -poco- en 2023, cuando todavía estará la actual gestión. El grueso quedará, sí, para el que venga luego, así sea un Fernández reelecto.

Algunos gobernadores que concurrieron el jueves a Olivos se fueron con cierto fastidio, pues esperaban que la convocatoria incluyera sus opiniones, mas solo se los llamó para escuchar. Con todo, nadie elevará su voz para quejarse, menos en esta coyuntura tan azarosa.

Como dijimos, al día siguiente Rodríguez Larreta expresó su respaldo a la negociación, sin sacar los pies del plato de Juntos por el Cambio: recordó que ese espacio ya le brindó su apoyo en el Congreso, cuando el tratamiento de la ley para habilitar al gobierno a negociar la deuda. El jefe de Gobierno interpreta que este no es tiempo de confrontar y es lo que sostiene puertas adentro. En la Rosada también saben de su imagen positiva superior a los 70 puntos, como así también en las oficinas de Parque Patricios cuentan con encuestas que dan a Alberto Fernández por encima de ese nivel en la Ciudad, un territorio habitualmente hostil al peronismo.

El idilio ha servido por lo pronto para dejar de lado -de momento- el recorte que la Nación iba a hacer en la coparticipación porteña. Cuando el mismo era inminente, los funcionarios de la Ciudad celebraban cada día que pasaba sin ser implementado.

Alberto Fernández le da especial atención a una relación "razonable" con la oposición. Tiene experiencia en haber recreado en tiempos de Néstor Kirchner la "transversalidad", y se la pasa haciendo gestos hacia los intendentes de Cambiemos con los que tiene mejor relación y a los que no deja de mencionar. También hacia los legisladores de Juntos por el Cambio, en particular hacia su jefe en Diputados, Mario Negri, al que llama especialmente cada vez que puede, sobre todo desde que el cordobés le asignó al Presidente el rango de "comandante" en esta emergencia.

Hábil de cintura, el diputado radical tiene al tanto a los jefes de la coalición sobre esos contactos y todos saben que es un crítico áspero. La suya fue una de las voces que escuchó Fernández al día siguiente de su presentación con los gobernadores, en la videoconferencia de la que participó toda la oposición legislativa. A diferencia de los mandatarios provinciales, que sí estuvieron de cuerpo presente, a los legisladores se los convocó online. De esa misma manera piensan hacerlos legislar, aunque solo para tratar el proyecto de Máximo Kirchner para las grandes fortunas.

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