Y más allá de las interpretaciones, si no es el propio Bergoglio el que lo aclare -y no lo hará, ya no está para esas cosas-, esos razonamientos siempre quedarán abiertos a lo que cada uno quiera pensar.
Ya pasó con el nombre elegido para su reinado papal, que fue el de Francisco, y si bien la mayoría encontró rápidamente la relación con el santo de Asís, hubo quienes haciendo gala de un supuesto conocimiento más preciso, dijeron que tenía que ver con "los franciscanos", que no era lo mismo, según ellos. Ahí sí el propio Bergoglio puso luz, rindiendo su homenaje a San Francisco de Asís.
En su primer Angelus, Francisco dijo que "Dios no se cansa de perdonar", en la frase más recortada de ese mensaje. Al día siguiente se entrevistaba con la presidenta argentina, a quien le concedió el privilegio de ser la primera dignataria en ser recibida por el flamante Papa. Un contraste con relación a la mala relación que mantuvo con el matrimonio Kirchner, por decisión de estos últimos.
Recordemos sino que a partir de esa homilía de 2004, en la que el entonces presidente Néstor Kirchner se sintió aludido en las referencias críticas de monseñor Bergoglio, el gobierno desechó una tradición centenaria y el tradicional Tedéum se hizo itinerante, recorriendo las diócesis más diversas, pero con un común denominador: que no fueran consideradas por el kirchnerismo como antagonistas. Como sí sucedía con el obispo que residía a cien metros de la Casa de Gobierno.
Si Francisco había hablado de saber perdonar, ¿cómo no entender la señal pretendida respecto de su visitante del día siguiente, a quien agasajó con un frugal almuerzo y premió hasta con un beso fuera de todo protocolo? Pero siempre afecto a los símbolos, retribuyó el mate de regalo que le llevó Cristina con un libro con trabajos de la Conferencia Episcopal Latinamericana (CELAM) celebrada en 2007, que coordinó el propio Bergoglio.
Allí se alude a la consolidación de las frágiles democracias de la región y "graves retos y amenazas de desvíos autoritarios". La Presidenta prometió incorporar algunos temas del libro a sus discursos.
La informalidad del encuentro no podría dar lugar a una mediación papal, pero la Presidenta no perdió oportunidad para sugerirla. Fue respecto a la cuestión Malvinas, que ya le ha valido al Papa la réplica más extemporánea de su recién iniciado mandato: la del premier inglés David Cameron, que salió a replicar su designación, parangonando la fumata blanca vaticana con el pintoresco referéndum en Malvinas -como hacer una encuesta sobre qué club tiene más hinchas un domingo en la Bombonera-.
Cristina comparó esa eventual mediación papal con la registrada hace más de tres décadas entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle. Se cuidó de diferenciar las situaciones, pero las distancias son aun más abismales. No hay aquí una guerra inminente, ni hay dictaduras devotas de la palabra eclesiástica.
Hay en cambio dos países que mantienen un diferendo ancestral, uno de los cuales ni siquiera tiene al Papa como jefe de su Iglesia. Pontífice que, además, es originario de una de las partes y cuya opinión sobre el diferendo es por otra parte públicamente conocida. Una sumatoria de factores que tornan imposible cualquier mediación.
No por nada el Vaticano no hizo ninguna referencia posterior al tema. No sería un buen augurio que la primera misión política del Pontífice estuviera destinada al fracaso.
Contrastó también el espíritu mostrado por la Presidenta en su encuentro con el Papa, con la frialdad inicial expuesta a través de un comunicado tardío, escueto y exento de adjetivos, y un discurso demasiado medido posterior.
Y ni qué hablar de las embestidas inmediatas desatadas ni bien se conoció la designación, por parte de algunos sectores muy ligados al oficialismo. No hay órdenes concretas, pero la señal que comenzó a bajar desde el día posterior a la noticia fue de moderar los discursos y evitar así malquistarse con una población que mayoritariamente está feliz con la asunción de un Papa argentino.
Hubo por último una previsible invitación al Papa para visitar la Argentina. No se sabe qué tan sincero puede haber sido ese deseo, en un año electoral. Concentraciones masivas como las que tendrá Francisco cuando venga a la Argentina no son del gusto kirchnerista, si no pertenecen a sus líderes. Y mucho menos si, como se presume, se registraran un mes antes de las primarias.
Es muy prematuro adivinar la agenda papal para este año, pero vale tener en cuenta lo que expresó sobre el tema, en vísperas de su asunción, un periodista que lo conoce muy bien, Sergio Rubín, quien ha escrito su biografía: "Es el más político de los obispos argentinos, y me atrevería a anticipar, por lo que lo conozco, que no vendrá a la Argentina en un año electoral".