Señor director:

Nadie escucha a nadie, nadie puede dialogar con nadie y las personas se entienden a cabezazos. Creo que han conseguido practicar la lectura de los labios ya que se mueven, pero no creo que las palabras lleguen a los oídos de nadie. Tal es el volumen de los altoparlantes que no se oye. No se disfruta de la reunión y muchos nos quedamos mirándonos como estúpidos ya que no entendemos lo que nos dicen, porque no escuchamos. Sé que estoy en otra época, pero todavía extraño aquella en que la música era de fondo. Aquellas reuniones filosóficas que duraban horas y horas. Creo que en aquellas épocas, las personas intercambiaban ideas, discutían pensamientos, escuchaban al interlocutor y saboreaban los sonidos de la música. No sé si será temor al silencio y necesitan oír ruido, cuanto más fuerte mejor. Y allá van los cientos de decibeles que rompen los tímpanos. Y los que peinamos canas nos aburrimos como unos benditos y nos decimos ¿Por qué no me quedé en casa? Y cuando salimos el ruido nos persigue por horas.

Sabrina E. Campbell

DNI 13.298.343

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