Señor director:
Cuando chicos, nuestros padres y abuelos nos exigían respeto y las malas palabras las usábamos a escondidas y en voz baja. Los remedios fueron lavar la boca con jabón, un buen cachetazo, no salir a jugar y otras terapias instantáneas. Los resultados, excelentes, ya que no quedaban ganas de repetir lo dicho. Las nuevas teorías sobre el dejar expresar libremente a los niños nos condujeron a que poco a poco, se fueran perdiendo esas costumbres. Cuando jóvenes, mentíamos en la edad, para entrar a los cines donde exhibían películas condicionadas. Al rememorar aquellas funciones eran del Pato Donald comparadas con lo que se ve hoy día por cine y TV. Para sketch con doble sentido y palabrotas íbamos a los teatros de revista. Debido a las crisis económicas, que se vivieron, hicieron que las guarangadas, se desbordasen del teatro a la TV, escuelas, calle y la vida familiar. Y no comprendemos las razones, por usar esa forma de hablar de la juventud. No nos hacemos mojigatos, ni nos escandalizamos de oír esas palabras pero seguimos pensando que no es necesario modificar el vocabulario de antaño. Era más suave y mostraba la educación que habíamos recibido.
Carina A. Lowell
DNI 10.193.013