Hace muchos años, cuando éramos casi recién nacidos, se comenzó a tener ciertos pensamientos, nuestros padres fueron quienes nos enseñaron casi todo. No lo recordamos, pero lo hemos visto reflejado en nuestros nietos. Apenas los bebés se pusieron en dos pies les fuimos enseñando a dar los primeros pasos. Con gran dedicación, les fuimos diciendo la manera en que debían caminar, aunque los chicos ya pretendían correr. Cuando comenzaron a balbucear hasta casi los hemos “forzado” a hablar. Cuando dijeron las primeras palabras, se las festejamos como si hubiesen ganado el Premio Nobel. Al pasar el tiempo comenzaron a “tomar vuelo” y ahí empezaron los problemas. “No corras”, “Quedate quieto un rato”, “No vayas por ahí” y cientos de recomendaciones y limitaciones. Ya no recordamos que fuimos nosotros los que los incentivamos a caminar. También les enseñamos a hablar, a combinar los sonidos y las palabras. Llegado el momento de la hilvanación de los pensamientos, comenzaron las preguntas y casi todas se iniciaban con ¿Por qué? Una “avalancha” de por qué, uno tras otro y más destructivo que un tsunami. Pero fuimos nosotros los que los incentivamos a hablar; ahora ¿de qué nos quejamos? Somos un conjunto de galimatías e incoherencias. Luego pretendemos que los gobiernos sean equilibrados.
Sabrina E. Campbell
DNI 13.298.343