Abrió su local hace más de 40 años en una de las avenidas más emblemáticas de Nueva Pompeya y desde ese mostrador mantiene a 14 familias y se muestra solidario con los que menos pueden

“Con mi hermano, y mi ex cuñado éramos fleteros, así que durante el Rodrigazo, cuatro o cinco meses en los que se paralizó todo, vendimos los camiones y compramos el fondo de comercio de un local que estaba justo enfrente de éste y abrimos el 1° de noviembre de 1975. A los cinco o seis años quisimos comprar ese local pero nos pedían demasiado y justo se vendía un taller mecánico que funcionaba acá así que lo compramos y lo refaccionamos durante dos años y medio”, recuerda Héctor Gargano, el dueño de “La Fénix”, una de las panaderías más conocidas de Nueva Pompeya.

Este hombre de 66 años, narra con lujo de detalles todas y cada una de las crisis económicas a las que su negocio sobrevivió, como si se tratara de un manual de historia. “En el ´83 mi cuñado se abrió y pidió su parte. A mi hermano y a mí se nos ocurrió sacar un préstamo hipotecario para cubrirlo; y terminamos de pagar ese préstamo en el primer gobierno de Kirchner con todas las refinanciaciones que tuvimos que pedir”, indica, este hombre que todos los días a las 3 de la mañana se levanta para “tener todo listo” y a tiempo.

“Acá trabajan catorce personas, catorce familias –digo yo- que esperan todos los días su sueldo”, dice, justo antes de contar que, junto a sus panaderos, amasan durante toda la jornada para tener la mercadería lista al amanecer. “El pan comienza a hacerse al mediodía y queda levando hasta la madrugada siguiente, cuando se lo hornea. Pero para que salgan bien las cosas, y lo digo como panadero viejo, siempre hace falta un tiempo para que el producto fermente”, explica.

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En el barrio, Héctor es conocido por su extrema generosidad para con los que menos tienen, pero él minimiza eso. “Acá viene gente que compra todos los días y que ahora, en tiempos difíciles, pasan rumbo a su casa, entran y te piden 6 pesos de pan, que equivale a dos panes tipo “felipe”. ¿Qué voy a hacer? ¿Le voy a dar dos panes? Yo no puedo hacerlo, así que le doy varios más, y tomo el dinero, porque ellos quieren pagarlo”, le relata a El Porteño del Sur.

“A la hora del cierre llegan varias personas más, que se quedan en la vereda a la espera de que armemos unas bolsas con lo que sobró, que repartimos entre ellos. Esa gente viene a pedirte pan del día anterior pero nosotros les damos el de ese día”, relata.

Dos golpes duros del destino

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Héctor perdió a su hermano el año pasado, un golpe duro que no llegó sólo ya que en enero de este año falleció su esposa, la mamá de Rocío, una de sus hijas que lo ayuda por la mañana en la panadería. Consultado sobre cómo hace para encarar cada día con toda esa carga, le pide a su empleada Betty que responda por él. “Se sigue”, dice ella con la sabiduría de una laburante.

Yo llevo en la sangre la cultura del trabajo”, retoma Héctor, y agrega que desde que nació ha visto trabajar sin cesar a sus abuelos, y a sus padres. “Yo a mis 66 años ya tendría que estar jubilado pero tengo que estar acá para organizar todo. Los empleados me ven acá y es una manera de indicarles que está todo encaminado, que nada puede ir mal”, explica este verdadero pilar emocional del grupo, que se mueve por los dos pisos del local entre las 6 y las 20 todos los días, salvo cuando llega Sol, su otra hija, maestra, a cubrirlo por un rato para que reponga fuerzas.

El escollo más difícil para que Héctor lleve a buen puerto esta nave es el denominado tarifazo”, que lo preocupa en extremo. “Desde que comenzó este reacomodamiento, nos están llegando unas facturas imposibles. Este mes nos llegaron 28 mil pesos de luz, 15 mil de gas y 10 mil de agua; y todo esto es mensual”, dice mostrando las facturas. “Quizá estaban demasiado baratos los servicios pero aumentó todo de manera contundente y es muy difícil de pagar; y la falta de cualquiera de estos servicios puede ser fatal”, dice.

Históricamente, el precio del pan se calculaba en base a un kilogramo de harina, que se multiplicaba por cinco. Pero hora, eso es imposible de hacer por el aumento de las tarifas y por el precio internacional de la harina (algo que no puede concebir ¿cómo es que cobran en dólares algo que se produce en el país y es para consumo interno?), así que lo estamos vendiendo a cuatro veces el valor de costo”, explica, mientras su empleada Betty actualiza un precio, en la pizarra porque ese día la bolsa de harina llegó con aumento.

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