Hace unos pocos días, para ser exacto el 18 de febrero de este año, publiqué en algunos portales de Argentina la nota que acompaño, profundamente conmovido por las impresiones que recibí en mi llegada al Brasil.

Creo que hoy, que el país hermano está viviendo momentos extremadamente angustiosos, en los que se amenaza con una injusta prisión al candidato favorito de las próximas elecciones, mi querido amigo Lula, es un momento para traerla a la actualidad.

Sobre todo, porque desde los altos mandos de las Fuerzas Armadas se emiten mensajes presionando a la Corte para que dicte un fallo contrario, poniendo en peligro las instituciones de la República y trayendo a la actualidad escenas que creíamos definitivamente enterradas en los osarios de la historia. Lo hago con todo el dolor de haber previsto lo que podría ocurrir. Y con la esperanza de aportar un poco de claridad para que se impongan la sensatez y la cordura.

Estoy pasando unos días en Brasil con la familia.

Como siempre que viajo, trato de hablar con la gente de la calle. El taxista, la mesera, la vendedora.

Me sorprendió el clima enrarecido que percibí apenas salimos del aeropuerto.

Mis ocasionales interlocutores me dijeron que había mucha gente preocupada por la reciente decisión del gobierno de implantar un nuevo sistema de seguridad, que pone al ejército al frente de la policía. Una decisión que desde el regreso de la democracia, en 1985, jamás había sido tomada.

Yo conocía las razones que se invocaban para esa decisión -la guerra desatada por las bandas de narcotraficantes y los recientes hechos de violencia ocurridos durante el carnaval- y me parecían correctas, más allá de que la medida había sido puesta en marcha de apuro, por decreto, sin someterla como manda la ley a la aprobación del Congreso, que recién se reunirá el lunes para tratarla.

No necesité insistir mucho para enterarme de que hay muchos ciudadanos que sospechan que tanta urgencia esconde otras intenciones. Esta semana se conocerá se conocerá el fallo del juicio que puede proscribir al ex presidente Lula para las próximas elecciones, que dicho sea de paso, se celebrarán este año bajo la vigencia de este régimen de excepción que por ahora funciona solo en Río de Janeiro pero que amenaza con extenderse a todo el país.

Visto así el panorama, no son de extrañarse las sospechas que inundan las calles de Brasil de que bajo el paraguas de la seguridad se está ocultado la represión a las protestas que podría desencadenar una condena a Lula, al que todas las encuestas dan como amplio favorito en los futuros comicios.

No sería la primera vez que un gobierno impopular se alíe al ejército y a los sectores más retrógrados del poder económico para burlar la voluntad popular.

Hasta ahora, mi visión era que el único país de Latinoamérica en riesgo de un autogolpe cívico militar era Venezuela. Hoy, veo que en Brasil hay flotando en el ambiente un fuerte tufo a violencia, con consecuencias impredecibles.

Deseo de todo corazón estar equivocado.

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