"Desde 1970 hasta aquí, con la sola excepción de Venezuela, somos el país de América Latina con más bajo crecimiento promedio y el de más alta inflación".

Una década perdida (otra más) merecía un final a la medida. Si los otros diez años de estancamiento e Inflación (1980-1990) fueron coronados por una hecatombe forjada por la híper y los saqueos, este decanato extraviado que concluye en 2020 encontró en la pandemia la frutilla global a los desaciertos locales. En 1989 la implosión de nuestro país coincidía con el derrumbe comunista y un entonces astuto Carlos Menem advirtió la oportunidad que el cambio de época otorgaba.

La caída del muro se amontonaba con los escombros argentinos y sobre esas ruinas se edificaron las bases de un nuevo orden mundial y nacional. Los sueños del fin de la historia duraron poco más que una década. El atentado a las torres gemelas y la explosión de la convertibilidad cerraron la euforia fuera y dentro de nuestras fronteras. Entonces, otro líder peronista, Kirchner, intuyó que sobre los restos del que se vayan todos se podía construir algo perdurable. El patagónico también supo aprovechar el nuevo contexto y leer el mundo y sus posibilidades.

El éxito de su experiencia se extendió hasta 2012 cuando el impulso del PBI se detuvo y CFK tuvo que combinar la ampliación de derechos con el agotamiento de los stocks. Los cuatro años de Cambiemos no aportaron nada más que impotencia a pesar de los generosos límites de crédito que le extendiera la tarjeta del FMI para financiar la imposible reelección de Macri. ¿Estamos ahora frente al inicio de una etapa nueva que traiga alivio y reparación por los años perdidos? ¿Está presente la vocación de reinterpretar el interés nacional en clave pos pandemia?

Una diferencia con las otras experiencias políticas es que nos encontramos con un liderazgo compartido. Alberto Fernández es responsable de la gestión y Cristina de la estrategia. Y debajo de ellos una coalición. ¿Podrá este diseño de poder bipolar lograr lo que antes hicieron liderazgos únicos e indivisibles? Difícil predecirlo. Hasta aquí sabemos que alcanzó para evitar que el país colapse manteniendo la iniciativa y la centralidad en la coyuntura: deuda, jubilaciones, aborto, vacunas, etc.

El desafío de lograr el crecimiento sostenido sigue en dudas. Existen algunos elementos contextuales para alimentar expectativas. Los precios de los commodities aumentan de la mano de la demanda china, el dólar se devalúa a nivel global y las tasas de interés están por el subsuelo. Además, Brasil y otros socios pueden beneficiarnos con su recuperación. Claro que estas oportunidades externas requieren de ciertas condiciones internas para prosperar. Una visión estratégica que trascienda la simplificación oportunista es una de ellas. Y aquí la grieta representa una amenaza superior porque en su lógica es más relevante asignar culpas que asumir responsabilidades. La crisis devaluó a la moneda, los códigos de convivencia y el debate de ideas. Los meritócratas solo ven la economía desde la oferta y los solidarios desde la demanda.

Bajo este esquema, perder las elecciones supone para los votantes derrotados pagar las cuentas y para sus dirigentes vencidos pasear por Tribunales. Los resultados están a la vista. Desde 1970 hasta aquí, con la sola excepción de Venezuela, somos el país de América Latina con más bajo crecimiento promedio y el de más alta inflación. Medio siglo como el peor de la clase. El covid 19 es un virus que más temprano que tarde, pasará. Ya existen muchas vacunas que disputan la eficacia para dejar atrás este castigo. Para el otro virus, el de nuestra estanflación, no se ha inventado aún el remedio. Y solo puede gestarse en el laboratorio de la política nacional, porque se trata de una cepa local dura y resistente que nos afecta con exclusividad. Se cura con estabilidad y crecimiento. Sin ellos, solo nos queda la distribución de la pobreza, la extensión sin límites de la frontera asistencial. Los pronósticos del año nuevo nos hablan de cierta recuperación de la actividad con precios hacia arriba y dólar inquieto. Si pensamos la agenda del 2021 como la del primer año de una década nueva, con luces altas y mirada al 2030 podremos abordar nuestra coyuntura con mejores probabilidades de éxito. Brindemos por eso.

Gustavo Marangoni, politólogo

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