Desde aquel 4 de julio pasado cuando Boca cayó ante Corinthians, Riquelme sigue jugando desde la nostalgia. Al igual que Fernando Redondo, su matriz de jugador que reivindica un estilo, lo convirtió en una bandera del fútbol con ideología.
Sigue jugando Juan Román Riquelme. Juega desde la ausencia que se impuso después del partido final ante Corinthians en aquella noche del 4 de julio pasado en San Pablo y juega desde la nostalgia irremediable de sus admiradores y fans que no se resignan a que el ídolo se haya distanciado de las canchas profesionales.

Es una bandera Riquelme. Se convirtió en una bandera. Como lo fue también Fernando Redondo en los 90, cuando su fútbol circular y su presencia de cinco distribuidor y capaz de darle una línea a un equipo, lo enfocó como un intérprete que reivindicaba el viejo estilo y perfume del fútbol argentino.

El estilo del toque y la descarga. De la pelota por abajo y no por arriba. De la pausa que no es perdida de tiempo. De la gambeta con su zurda elegante y precisa. Esa marca registrada encarnada por el volante central (aunque en el Real Madrid jugó algunas temporadas recostado sobre el lateral izquierdo) más lujoso y brillante que dio nuestro fútbol en las últimas décadas, también padeció tironeos ideológicos: lo sobrecalificaron y lo pusieron por las nubes los adherentes al menottismo; lo subestimaron y no le reconocieron la entidad que tenía los militantes del bilardismo.  

Porque Redondo fue una clásica bandera del menottismo. Y él, nunca, durante su extensa trayectoria, intentó correrse de esa clasificación. No lo incomodó. No lo perturbó. Por el contrario: la incorporó con gusto y convicción.

Si renunció en tres oportunidades a integrar la Selección (primero conducida por Bilardo, después por Passarella y luego por Bielsa), fue precisamente por la falta de sintonía fina y acuerdos futbolísticos mínimos con los entrenadores citados. Solo bajo la dirección de Basile en su primera etapa en la Selección, Redondo participó con satisfacción evidente en el equipo nacional.

Riquelme tiene muchos puntos en contacto con Redondo, más allá de las distintas funciones específicas que cumplía uno y cumple el otro. Porque el ex enganche de Boca simboliza algo más que un jugador estupendo. Representa una manera de interpretar el fútbol. De pensarlo. De jugarlo. De alejarlo de la uniformidad. De expresarlo en palabras y en hechos. Y de no cambiar su chip o su mirada según como venga la mano en el show mediático que todo lo vende y todo lo compra.  

Quizás Riquelme ha sido sobrevalorado por un sector importante de la prensa adicta a Boca y por otro sector que amplificó, a gran escala, todas sus virtudes para oponerlo al fútbol físico y táctico que defienden y bancan los depredadores del juego asociado que frecuentan todas las geografías.

Es también probable que Riquelme no haya sido ni será un monstruo que supo capturar la excelencia en sus dimensiones más acabadas. Pero para los tecnócratas del fútbol, esa raza insensible y reaccionaria que pretende medir las capacidades y emociones en números, en citas estadísticas y en modelos tácticos, la presencia del ídolo siempre ha sido un revulsivo. Por eso le endosaron conflictos reales y ficciones de telenovela.   

Riquelme, como antes Redondo, les pateó el tablero a todos aquellos que anunciaron y anuncian con ligereza superficial el fin de las ideologías. Porque tenía ideología Redondo para jugar y hablar. Y tiene ideología Riquelme en proporciones muy similares a las que denunciaba el Príncipe de Argentino Juniors, cuyo corazón futbolero siempre fue fiel al Rojo de Avellaneda.

Si ya dio todo o puede dar un poco más, únicamente lo sabe Riquelme. Igual, su obra ya la hizo. Los recuerdos viven en cada hincha. Y en cada esquina de barrio o potrero del suburbio donde un pibe con una pelota sueñe con tirarle una pared a Román y que Román la devuelva tan redondita como siempre.      
             

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