Entre las viejas costumbres que no se pierden, una de las más divertidas es la de festejar el Carnaval. Fiesta pagana por excelencia, supo marcar como fenómeno cultural la historia de los pueblos que lo tomaron como una posibilidad concreta de encarar una limpieza de alma y espíritu con el propósito de recuperar alegría y vitalidad luego de un año de duro trabajo. Los antecedentes más remotos del carnaval hay que encontrarlos en las Lupercalias, las Bacanales y las Saturnalias que en el mundo grecorromano tenían que ver con diferentes celebraciones paganas que combinaban orgías, desenfreno y locura. Por ejemplo las Saturnalias romanas se celebraban a mediados de diciembre y duraban siete días, dos de ellos destinados a homenajear al dios Saturno y otros cinco de absoluto desenfreno. Durante esta festividad se suspendían las guerras, se aplazaban los suplicios y los esclavos eran invitados a sentarse a la mesa junto con sus amos.
El rey Momo
También se elegía un rey, el más tosco o loco que se pudiera encontrar -hoy Momo- a quien se le permitía durante esos siete días hacer cuanto deseara. A las Saturnalias les seguían las Bacanales, verdaderas orgías dedicadas al dios Baco -divinidad del vino, que se corresponde al Dionisio griego- y que se celebraban a fines de diciembre. Un sacerdote de Baco conducía un barco sobre ruedas, llamado carrus navalis -antecesor de los actuales carros alegóricos- sobre los que se paseaba al dios, en tanto que disfrazados con máscaras y en franca ebriedad, todos bailaban danzas promiscuas y cantaban canciones obscenas. Las Lupercalias se celebraban a mediados de febrero y se dedicaban al dios Fauno (Pan, entre los griegos) y a Luperco, una divinidad pastoral a la que se le atribuían virtudes fecundantes (Luperca fue la loba que amamantó a los gemelos romanos Rómulo y Remo, y por eso su morada en el monte Palatino se llama Lupercal). La fiesta comenzaba con el sacrificio de un macho cabrío al que luego le cortaban la piel en tiras para flagelar con ellas a las mujeres que querían tener hijos, asegurando así su fertilidad.
Antes de la Cuaresma
En la antigüedad, cuando los carnavales no se habían comercializado ni convertido en espectáculo, la gente se disfrazaba con las ropas viejas que encontraba en los baúles cuando emprendía la gran limpieza anual de la casa marcada por la Cuaresma y comía carne hasta el hartazgo, en previsión de los cuarenta días de abstinencia que sobrevendrían durante la Cuaresma, institución que impone no comerla y que fue instaurada como penitencia, a efectos de igualar a los ricos con los pobres, que casi nunca la probaban. El cristianismo tomó la costumbre de la limpieza anual de los romanos, para quienes el mes de febrero estaba consagrado a los muertos: diezmados por la peste, se imponía una vez al año, antes de la primavera (en el Norte, otoño en el Sur) una limpieza general de la casa para purificarse y evitar la enfermedad. La costumbre de usar máscaras tuvo origen en el culto a los antepasados: el personaje que personificaba a los espíritus se vestía, obviamente, de blanco y se cubría el rostro con una máscara, lo que pronto fue imitado por muchos. Como símbolo de la limpieza general, con el tiempo la gente comenzó a disfrazarse con la ropa vieja que había encontrado y a ponerse caretas -que los romanos denominaban “persona”- para adquirir otra personalidad y vivir de otra manera. Era una suerte de catarsis, una limpieza de sí mismo, confrontando el pasado.

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