Cientos de palmeras conforman el parque nacional que tanto fascina a lugareños y turistas de todo el mundo. La impresionante fauna, sumada a una historia de inmigrantes obsesionados con la preservación, refleja un paraíso fuera de lo común. Cómo repercuten hoy los permanentes cambios climatológicos y las estrategias que evitan alterar su esencia

Las 8.200 hectáreas del Parque Nacional El Palmar, situado 400 kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires, protegen el último bosque de palmeras Butia yatay que existe en el Cono Sur de Sudamérica, una isla verde amenazada por el avance de la frontera agrícola.

También llamada “yataí” y “palma real”, se trata de una palmera de crecimiento muy lento que alcanza hasta 18 metros de altura y configura en este lugar, a orillas del caudaloso río Uruguay y cercano a la ciudad de Colón en la provincia argentina de Entre Ríos, uno de los palmares naturales más australes del mundo.

Hoy es el epicentro de una región turística conocida por sus termas, por la pesca deportiva de sabrosos pescados de río -el pacú, el dorado, el surubí- y por una historia que se remonta a los primeros tiempos de la inmigración europea en la Argentina, especialmente suizos, franceses y piamonteses.

Pero el Parque Nacional fue creado expresamente “con el objetivo de proteger la población de palmera yatay, que cubría antiguamente porciones del sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y la Argentina. A medida que la barrera agropecuaria fue reemplazando por otros el ecosistema originario de palmares, ya quedan pocos lugares donde se cumpla su ciclo de vida”, explicó la guardaparques Lorena Loyza.

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Sin embargo El Palmar, que hoy pertenece a la red mundial de sitios Ramsar, custodia también otros ambientes, como la selva en galería, los bajos inundables y un sector de monte xerófilo.

“Esto permite que habiten animales y plantas muy diferentes: los numerosos carpinchos, cuya población aumentó en forma exponencial cuando se pudo controlar la presencia del jabalí, un predador exótico; corzuelas, el ciervo nativo; zorros; garzas y espátulas rosadas; y también las nocturnas vizcachas, que figuran en el logotipo del parque junto con las palmeras”, agregó Loyza.

El sistema de conservación del parque nacional enfrenta hoy un particular desafío: porque si bien la palmera necesita de calor de superficie para reproducirse, lo que se logra naturalmente por el fuego, la proximidad con zonas agrícolas impide este desarrollo natural por el peligro de contagio.

De este modo, El Palmar cuenta con un Instituto de Incendios, Comunicación y Emergencias cuyos brigadistas se especializan en el control del fuego. Entre los primeros carteles que ve el visitante en los senderos se encuentra, precisamente, aquel que alerta sobre el riesgo de incendio para cada jornada.

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“Cuando diariamente llegamos a la guardia, al mediodía, se toma la temperatura, la velocidad del viento, de dónde viene y la humedad. Con eso se saca el índice del día: por ejemplo, si figura ‘extremo’ hay que tener precaución al 100 por ciento, tanto con una colilla de cigarrillo como con un vidrio que pueda reflejar el sol y prender un pasto seco”, explica Sebastián Ojeda, brigadista del Instituto.

Y apenas alguien da aviso de fuego o humo, “automáticamente tenemos cuatro personas para un ataque inicial. Si es grande o se agravó se llama al resto de los brigadistas: somos 13 y dejamos lo que estemos haciendo aunque estemos de franco o vacaciones”. Ojeda explica que, en caso de no poder atacarlo directamente, se buscan cortafuegos -áreas “pasillo” que han sido preparadas previamente con maquinarias- y contrafuegos, es decir “fuegos controlados que agotan de antemano el material combustible que podría permitir el avance de un foco sin control”.

El Palmar trabaja también desde otro lugar para conservar las palmeras yatay y otras especies de este ecosistema: se trata del Vivero de plantas nativas, donde dos especialistas -Martín Jenik y Silvina Brossard- cuidan amorosamente las semillas para lograr la reproducción de las plantas, que luego son donadas a escuelas e instituciones.

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Ellos enseñan también a distinguir los renovales de palmeras, que cuando tienen pocos centímetros de altura son difíciles de diferenciar de otra vegetación al pie de sus gigantescas “hermanas mayores” en el ambiente natural.

Finalmente, el Parque Nacional El Palmar ofrece también una ventana al pasado de Sudamérica: porque “muy cerca de aquí están las Ruinas de Barquín, en una zona ancestralmente habitada por los charrúas y los guaraníes, que luego fue asociada a las reducciones jesuíticas establecidas en la zona”, explica la guardaparques Lorena Loyza.

Los jesuitas construyeron hornos de cal donde se quemaba la piedra caliza de la zona, y con el producto de la quema se trataban los cueros que luego se comercializaban hacia el norte y el sur a través del río Uruguay.

“Más tarde estas tierras cambiaron de manos hasta llegar a la familia Sáenz Valiente, propietaria de la estancia cuando, en 1966, se sancionó la ley que dio origen al parque nacional”, agrega. Y precisamente en el casco de esa estancia funciona hoy la intendencia de El Palmar, que organiza tanto los programas de conservación como el control de una actividad turística que incluye canotaje, bicicletas y cabalgatas.

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