Los estereotipos son creencias e ideas preconcebidas. En pocas palabras, son generalizaciones que devienen en prejuicios que deberíamos sortear para ser mejores personas y, por lo tanto, una mejor sociedad.
Un estereotipo es una imagen preconcebida. Funciona como patrón, por ejemplo de un determinado colectivo social, con estructuradas características, aceptadas por la mayoría de las personas como representativa del mismo. Podría decirse entonces que es un conjunto de creencias estáticas, inalterables, que generalizan particularidades, que las ocultan. Esto, por supuesto, conlleva un riesgo. Si bien es cierto que algunos grupos pueden compartir algunas características, el estereotipo es una peligrosa simplificación. Pero el mayor riesgo es que funcionan como definidores, de hecho, muchas personas basan sus conceptos e ideas de vida sobre los demás en estereotipos, por ejemplo, “las mujeres son más frágiles”, y desde allí desarrollan su comportamiento.

Los estereotipos se establecen gracias a conceptos estáticos sobre características generales que no representan a los seres que componen un grupo determinado. Hay estereotipos culturales, raciales, de género, religiosos, entre otros. Aunque todos están relacionados y podrían llamarse sociales, o mejor y directamente, prejuicios.

Los estereotipos ocultan el miedo que nos provoca aquello que creemos desconocido, porque en lugar de conocer las particularidades, damos por sentadas las generalizaciones. Por otra parte, garantizan que se sigan reproduciendo aquellos conceptos y situaciones arraigados en la sociedad, basados en ciertos patrones.

Mejorar como sociedad, como grupo humano, implica también salir de la comodidad que proporcionan los estereotipos, ya que no tenemos que hacer esfuerzos mentales si partimos de ellos, y buscar el pensamiento y las conclusiones propias a las que podemos abordar gracias a las particularidades.

Asimismo, los estereotipos, en lo individual, también nos lastiman a todos porque, o somos discriminados o tenemos que ajustarnos a un molde en el que no encajamos, teniendo que hacer inmensos y desgastantes esfuerzos para lograrlo.

Los estereotipos nos quitan libertad y creatividad. Uno de los lenguajes de comunicación que más se vale de los estereotipos es el de la publicidad, que escudándose en la necesidad de comprensión veloz por parte del público, echa mano de un supuesto saber colectivo.

Así colabora en la reproducción, y en el abono de estas ideas preconcebidas. Muchos hombres en el presente viven solos o realizan las compras de la casa, sin embargo en la pauta publicitaria, los comerciales de detergente siguen teniendo a una protagonista femenina preocupada por la limpieza del hogar.

Los estereotipos son obviedades, son clichés. A partir de allí, por ejemplo en el humor, es que nos resulta divertido reírnos de los demás, y no con los demás, provocando muchas angustias.

Gracias a los estereotipos nos parece natural vestir a las nenas de rosa y a los varoncitos de celeste, por ejemplo, sin tener en cuenta que un simple color no puede modificar la vida de una persona.

Es que los estereotipos naturalizan conceptos que en su nacimiento son artificiales, creados por la cultura, pero nada tienen que ver con la naturaleza de las personas.


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