Año 1982; disco Mágico y Natural; banda Tantor. Hasta allí hay que remontarse para encontrar un álbum de estudio grabado por una agrupación creada y formada por Héctor Starc.
En las más de tres décadas que siguieron al que fue el último trabajo del grupo del elefante, el guitarrista (uno de los fundacionales de nuestro rock, injustamente olvidado a la hora de armar el podio de mejores violeros) se dedicó a su empresa de sonido (en un primer momento) y luego al alquiler de instrumentos y amplificadores.
Claro que la guitarra no la dejó nunca; tocó como invitado en producciones de David Lebón, Luis Alberto Spinetta y Charly García; rearmó Aquelarre con Emilio Del Güercio, Rodolfo García y Hugo González Neira (en 1999 editaron un registro en vivo llamado Corazones del lado del Fuego) y participó de proyectos que no llegaron al disco, algunos con menos repercusión como el trío El Sesenta, con Beto Satragni, en bajo y Marcelo Mira, en batería y otros más recordados como La Superbanda, junto a capos del rock de acá como Ciro Fogliatta, Edelmiro Molinari y Black Amaya.
En el medio peleó con todo para dejar atrás los años de excesos con el alcohol y la cocaína y hoy, cuando dice con orgullo que lleva varios años 'limpio', se da el gran gusto de editar su primer disco solista bautizado con su nombre y apellido.
Héctor Starc, el álbum, es algo así como una radiografía de quien en sus inicios fue bautizado por Billy Bond 'Bola de Ruido'. Son trece canciones (doce en estudio y una en vivo llamada "Tontos" pero que nada tiene que ver con el tema de La Pesada) del más puro rock tradicional y bien argento.
Junto al trío que integra con Machy Madco Lococo, en bajo, y Gustavo Ciardi, en batería, más invitados como Lito Vitale, en teclados; Babú Cerviño, en órgano Hammond y Claudia Puyó, en voces, Starc produjo un trabajo con una calidad y un sonido excelente y que está ejecutado con una solvencia y autoridad que no es común encontrar por estos días.
No hay un solo tema en el que Starc no se luzca como guitarrista (lo suyo nunca fue el canto pero vale decir que además canta y bien), ya sea al momento de los riffs como cuando llega el solo y también permite el lucimiento del resto de los músicos.
Las canciones, una buena combinación de rock, fusión, blues y ciertos toques funkies, también actúan como un espejo de su figura; hay historias que tienen que ver con sus años de reviente y otras en las que habla de su recuperación: de hecho en el sobre interno se lee la frase 'Este trabajo no hubiera sido posible sin Alcohólicos Anónimos'.
El disco abre bien al palo, con un furioso rock and roll llamado "Steve", un homenaje a Steve Ray Vaugham y por qué no a varios de sus viejos amigos fallecidos (la placa está dedicada a Norberto Napolitano, Eduardo Rogatti, Oscar Moro, Luis Alberto Spinetta, Beto Satragni y Diego Rapoport) y con una explícita declaración de amor a la guitarra ('Vieja Fender, tus amigas, las amigas de mi corazón') y lleva al escucha a querer conectar cada tema con las distintas etapas de Starc como músico.
Así "De algo vamos a morir" y "Corchos" remiten a los años con Tantor; "Thomas fuerza" tiene una melodía que asemeja a Aquelarre; "Dame tiempo" es un blues que parece salido de la mano del Edelmiro Molinari de Color Humano y la poesía y el ambiente de "Microclimas", lleva a pensar en el Spinetta de los últimos tiempos.
Hay más rock en "Recién tiré"; aires funkies en "Move", el instrumental "Abeto" (dedicado a Pappo); el cover en castellano de "Oh Well", de Peter Green y la joyita del disco: "Perder para sumar", una balada blusera escrita por Pedro Igaray a la que Starc le puso la música y el alma y que es el toque de distinción de un álbum que lo tiene todo. Una lección del rock tradicional.