domingo 4.12.2016 - Actualizado hace
Historias de vida
10 | 04 | 2016
Imprimir
Agrandar
Reducir

Leticia, la artesana guerrera que hace ruborizar al dolor

Sergio Tomaro
0
Comentarios
Por Sergio Tomaro


Una cruel dolencia que invadió hace dos años su cuerpo no pudo doblegar al espíritu combativo de una joven que, con firmeza y autoridad, abrió un camino que recorre desde entonces con coraje y plena de esperanza.

Leticia, la artesana guerrera que hace ruborizar al dolor
Foto:

Empeñado en lastimarla, el dolor suele fustigar a Leticia como el látigo elegido por el cáncer de mama que se desparramó por su cuerpo. Sin embargo, de a poco, esta batalladora artesana de 31 años va poniendo en vereda sostenida por una entereza formidable.

Aunque nació en Caseros, Leticia Crivello reside en Villa Gesell, el lugar que tanto la cautivó en los veraneos infantiles en familia que hoy no se imagina otro ámbito geográfico y afectivo para desarrollar su vida.

Fue allí cuando una mañana, hace dos años, al girar sobre la cama para ver el despertador, sintió un dolor insoportable en la espalda que no le daba tregua sentada ni acostada.

"Lo que pensábamos podía ser una hernia de disco fue aún más grave: se me había reventados la décima vértebra dorsal. Con el tiempo me enteré que era la resultante de un cáncer de mama que había hecho metástasis en la columna y el hígado", narró Leticia a HISTORIAS DE VIDA.

Trámites engorrosos con la obra social, temblores y mucho dolor fueron la antesala de una resonancia magnética que confirmó el peor de los diagnósticos y por el cual le dieron seis meses de vida. No se olvida las palabras del médico quien despojado de toda sensibilidad le disparó que los intentos que haría sólo apuntaban a que el mal que padecía no la matara tan rápido.

Sin embargo Leticia no claudicó, por el contrario. "Uno se acostumbra al dolor y lo enfrenta pero parte de lo que me ayudó a recuperarme fue que me puse como objetivo el tener que superarlo. Porque es cuando estás entre la espada y la pared cuando sale lo mejor de vos o en otros, lo peor", puntualizó.

La chica de la pizzería, como se la conoce en Gesell por los años que trabajó como cajera en un local de ese rubro, fue sometida a una operación en la que le colocaron ocho clavos y dos barras de titanio en la columna, lo cual sumado a la terapia oncológica, ayudó para ir revirtiendo la adversidad. El resto corrió por su cuenta.

"Algo de lo que aprendí es que cuando uno empieza a sentirse enfermo es cuando realmente se enferma", afirmó. Con esa convicción se plantó con autoridad ante la dolencia, logró dar vuelta los malos presagios y ahora espera enfrentar el último vestigio de metástasis que afecta la cuarta vértebra dorsal.

La posibilidad reside en una radioterapia con protones que impacta con mayor enjundia sobre la zona afectada por un tumor, sin lesionar a los órganos adyacentes, para lo cual necesita viajar a Japón y contar con apoyo solidario que le permitan reunir fondos destinados a solventar el tratamiento.

La chica del color

Leticia siempre tuvo buen vínculo con las artesanías, el diseño y el color por lo que en sus días de dolorosa convalecencia encontró que hacer mandalas era otra parte de la terapia que ya por entonces incorporaba la medicina alternativa.

"Si podía estar sentada una hora, dibujaba esa hora. Si podía estar tres, entonces las dedicaba íntegramente a los mandalas que después empecé a vender por lo que en Gesell empezaron a referirse a mí ya no como la chica de la pizzería sino como la de las mandalas", subrayó.

Para muchas de sus amigos Leticia es una guerrera. Para otros, tiene una profunda mirada sobre la vida a la que ella define como "un camino para aprender" marcado, en su caso, por los hitos de la lucha, garra y esperanza. Y ante semejante actitud el dolor, que no sabe otra cosa que hacer doler, avergonzado, opta por diluirse en decenas de colores. i

Cuando naufragó, llegó a la orilla

Ruth, la madre de Leticia, es ginecóloga y quien está al tanto de los estudios y tratamientos que sigue su hija, que eligió quedarse en Villa Gesell cuando toda la familia se volvió a Buenos Aires. La chica, de hecho, ya había dado pruebas de independencia cuando vivió sola en un departamento en Mar del Plata mientras cursaba la secundaria. Ese modo de ser la llevó también a vivir seis meses en San Pablo, Brasil, cuando ya más grande fue a probar suerte junto a un noviecito pero, como dijo, "me aburrí y volví". Hubo otra segunda vez en Brasil y también con una pareja, cuando vivió otros seis meses en Isla Grande donde trabajó en una feria artesanal visitada por turistas de todo el mundo. 'Allí pintaba remeras y hacía colgantes de macramé', recordó. En esos días vivía en un velero apostado cerca de la playa, del que iba y venía en una canoa. "Era algo distinto pero un día, que fui a buscar un paquete de yerba al barco -rememoró- la canoa se me dio vuelta y tuve que volver a tierra nadando".

A veces los pañuelos también cubren el alma

Leticia se define como transparente aunque poco comunicativa. No obstante la enorme cantidad de mensajes que recibe por Facebook de amigos y gente que no conocía, le incrementa la adrenalina para dar pelea y esperar que la cuenta abierta para reunir fondos encaminados a permitirle un tratamiento especializado en Japón se siga incrementando hasta llegar a los vitales 50 mil dólares.

La cuenta única abierta en el banco Santander es la 295 3589540, 0720295988000035895404 el CBU y número de CUIT 27312516158, a la que suman diversas movidas como, por ejemplo, un festival de rock con fines recaudatorios.

"El Hadron Therapy es una posibilidad importante y allí en Japón, el tratamiento es tres veces más barato que en otras partes del mundo, con la particularidad que allí está especialmente enfocado en la problemática ósea", aclaró.

Hasta ahora la cuenta reúne 1.800 dólares de gente que la apoya como Ruth, su madre y Carolina, su hermana once años menor.

"Un día decidieron apoyarme para que no me sintiera mal por tener que usar pañuelo en la cabeza, porque -puntualizó- la quimioterapia se llevó mis rulos rubios y largos".

"Las dos no tuvieron mejor idea que ponerse ellas también un pañuelo en la cabeza para moverse conmigo por la calle y no hacerme sentir diferente", apuntó.

      Embed



Comentarios Facebook