Igual que a Don Julio, nadie le dice "no" a Sr. Televisor. El actual presidente en ejercicio -será vice tercero en octubre, pero ya tomó las riendas como si fuese el 1-, sigue encadilando a cada paso, pero son varios los que cuestionan a su espalda
Cuando Julio Grondona no era un mito y manejaba todos los hilos juntos del fútbol argentino, el periodismo sintetizó la manera en que los dirigentes respondían a la retórica del hombre del anillo. Era el tiempo del sijulismo, un sí a todo lo que proponía el presidente, que era reelegido indefinidamente hasta la muerte. Bueno, se están estrenando los tiempos del simarcelo: nadie en su entorno se anima a enfrentarlo.
Incluso en tiempos bélicos, cuando algunos se animaban a deslizar que se pintaba los labios, que cortaba polleritas en TV y que tenía que empezar el jardín de infantes en AFA antes de verse entre los candidatos; después le mandaban mensajitos conciliadores. Y cuando la cosa se puso seria y el rating empezó a tener valor en Viamonte, algunos talibanes cambiaron de religión. Dejaron el fundamentalismo de lado, sacaron la foto de Don Julio de la mesita de luz y dieron el saltito antes que el Titanic chocara contra el iceberg.
No les molestaron las puteadas de los viejos aliados en la orden de templarios de Don Julio y se iluminaron con el brillo de la pantalla. Ahora bien, el pacto de Viamonte puso en pausa la bomba atómica y los conversos tienen cuestionamientos que no se atreven a plantear ni al Oso Arturo. Por ejemplo, un histórico grondonista que supo firmar más cheques que autógrafos no entiende por qué ahora es todo armonía entre grondonistas y Ascenso con los renovadores de Tinelli.
Esa tregua, acordada entre Tinelli y Moyano, no tenía el visto bueno de muchos de los que estaban en el hotel Panamericano y soñaban con una revolución de la pelota. Una semana después, el presidente en ejercicio los juntó en el mismo hotel para contar las buenas nuevas y nadie tuvo cuestionamientos. simarcelo a pleno.
Mientras, el presidente decorativo hace esfuerzos por contener las ondas expansivas de quien desestimó la oficinita que le habían armado en el quinto y terminó con una más espaciosa y estratégica en el corazón del tercer piso. Es una suerte de panóptico donde puede ver quién entra y quién sale desde las de Segura y Silva. El vice sin nombramiento, hizo suya la transición.