Esta vecina de Barracas decidió hace cinco años estudiar diseño de indumentaria y avanzar en su propio taller que hoy tiene una gran demanda de arreglos

La Argentina es un país que se caracteriza por salir adelante una y otra vez, aún en los momentos de mayor desesperanza. Desde que comenzaron a llegar las primeras oleadas migratorias, miles y miles de personas se establecieron en este país fundando pequeños emprendimientos, poniendo sus granitos de arena en la construcción de una nación.

Claro que hay dos maneras de mirar este fenómeno: como un todo, y también caso a caso. En esta oportunidad, El Porteño del Sur viajó al barrio de Barracas donde conocimos a Carmen Mazzei, una mujer que no le afloja un milímetro a la vida y busca trascender en el arte que la apasiona: la moda.

Carmen nació hace 55 años en la casa en la que ahora florece su emprendimiento. “Esta casa era de mis abuelos, pasó a mi mamá y ahora a mí. Yo coso desde los 9 años, cuando mi abuela –que era modista de alta costura-, me enseñó el oficio con una máquina Singer a pedal y siempre estuve como enfocada al área de la moda. Hice cursos de cosmetóloga, de maquilladora, de pedicura, de masajista, todas cosas ligadas a la moda y la belleza”, cuenta orgullosa de todo lo que ha logrado.

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Como muchos argentinos, Carmen se vio obligada a dejar sus sueños momentáneamente de lado en pos de traer el sustento a su casa, junto a su esposo Mario, pero “cuando los chicos empezaron la escuela comencé a hacer cosas que no me ocuparan mucho tiempo porque no me podía dedicar de lleno a una carrera”.

Pero cuando los “pichones” abandonaron el nido, ella dio el gran paso. “Hace 5 años decidí hacer lo que siempre me gustó y comencé a estudiar diseño de indumentaria en el CETIC y en la Unión de Cortadores de la Industria. Me ayudó mucho hablarlo en terapia con la psicóloga, porque ahí me dí cuenta de que tenía que llenar este vacío que me producía no poder dedicarme a lo que me apasiona. Así que me fui comprando la mesa, las máquinas y otros materiales para utilizar a futuro”, explica mientras muestra el fruto de su esfuerzo.

“Comencé en el comedor, y cuando mis hijos se fueron a vivir solos mudé todo a sus habitaciones. De momento no me estoy dedicando de lleno a esto sino que lo combino con un trabajo fijo que tengo desde hace décadas en una compañía de tarjetas de crédito”, recuerda mientras acomoda todos sus implementos en pos de emprolijar un taller que denota gran actividad.

“Cuando decidí montar el taller empecé poco a poco trabajando con personas del barrio o de la oficina, y me hice fama ´de boca en boca´. Hoy tengo una clientela muy importante en cuestión de números”, explica antes de acotar que a raíz de la crisis imperante “hoy por hoy tengo muchísima demanda de arreglos: de cierres de pantalón, de camperas”.

Reciclaje para aplicar todo el ingenio

Carmen encontró la manera de aplicar su pasión hasta en ese rubro. “Como no me puedo dedicar de lleno a la alta costura porque insume más tiempo del que tengo, empecé a desarrollar una idea que fue la del recicle de ropa. Ahora, si me traen una campera con capucha, la convierto en una prenda totalmente diferente. Muchas personas me dejan sus prendas a “libre albedrío”, y entonces mi cabeza empieza a desarrollar la idea, y lo pienso, y lo pienso hasta que se me ocurre algo, y de inmediato lo plasmo en papel y llamo al cliente y le cuento la idea”, dice.

Carmen recuerda que, a pesar de que comenzó como cualquiera, publicitándose con folletos y tarjetas, ahora es muy convocada. “Me llaman de La Boca, Barracas, San Telmo, Valentín Alsina. Tuve que comprarme un armario para poder organizarme con los trabajos”, dice, y recuerda que “en una oportunidad me animé a hacerle los uniformes de patinaje a mi nieta y a todo su equipo, les hice disfraces de piratas, de Alladín y de Minions. En total fueron 45 disfraces”.

A pesar de que dice no tener tiempo, ella es el vivo ejemplo de que quien tiene un objetivo, encuentra los momentos para concretarlo. “En el ínterin, unos amigos que conocí en la escuela fundaron una marca de ropa llamada Nilo, y me invitaron a hacer showroom (venta en consignación) de la marca. Por suerte me fue muy bien, al punto de que tuve que contratar posnets de diferentes empresas para concretar ventas ya que la gente no anda con mucho efectivo encima”.

“Mi idea a futuro es, además de trabajar con mi taller propio es poder aportar a la gente que no tiene salida laboral, preparándola para continuar el oficio porque, en la actualidad, no hay muchos que lo hagan. Hay quien cose, quien corta pero costureros no muchos”, dice, con un nuevo objetivo en la mira, que seguro se concretará en muy poco tiempo.

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