El dueño del lugar, Antonio, hace casi medio siglo que está en el mismo sitio siendo testigo de la historia del barrio en la esquina de la avenida General Iriarte y Luzuriaga.

Lo que ve Antonio no es su carrousel. Observa el paso del tiempo, los recuerdos que le dejan los caballos de madera tallada. A un costado señala algunas fotos de un letrero, como los abuelos que le muestran los antepasados a los nietos. Le sirven como una muestra para los que no son de Barracas, porque en el barrio, dice, lo conocen todos. ‘A veces voy en el colectivo y los pibes me saludan’, cuenta. Siente orgullo. Sonríe. Hace 49 años que el hombre de casi setenta mueve la palanca amarilla para hacerlo girar en el Parque Leonardo Pereyra.

‘Esto es un cable a tierra, es un relax. Si te enojás con los pibes hacete tratar’, recomienda desde su experiencia.

En la esquina de la avenida General Iriarte y Luzuriaga, el carrousel no se mueve. A las tres de la tarde de un martes apenas un par de chicos armaron dos desparejos equipos de vóley. Tres policías se intentan esconder de los casi treinta grados bajo un árbol. Los dispersores se encienden a destiempo y dejan barro. ‘Y a esta hora están todos los pibes en la escuela’, dice Antonio Cid. Podría cerrar, pero los siete días de la semana decide abrir igual. Los sábados y domingos es el fuerte. ‘No tenés descanso. Acá tenés que estar todos los días, y no es fácil, eh. La familia a veces no aguanta’.

Carrousel

‘Es un trabajo muy esclavo, te tiene que gustar. Yo siempre fui el que llegaba tarde a todas las fiestas, incluso cuando me casé’, rememora.

Sus abuelos eran calesiteros. El padre, también. La hermana y los tíos supieron tener calesitas en diversas zonas de la Ciudad y el Conurbano bonaerense. Cuando tenía 18, el papá le cedió la tradición para que continuara. ‘Y acá pasé mi vida’, intenta sintetizar. ‘Parece que falta mucho, pero el tiempo pasa’, reflexiona.

Roberto César Rondolino suma algunos datos cuando Antonio habla. ‘Acordate que la calesita de tu viejo era tirada por caballos’, ‘acá se filmaron varias películas’, ‘venía Patricia Sosa también’, le agrega a los recuerdos que varias veces repite. Es que Roberto subía al carrousel cuando era chico. De tantas vueltas, se forjó una amistad férrea entre los dos. ‘Él es como un hermano. Yo soy hijo único, así que es el hermano que no tuve’, cuenta. Le escribió una poseía, que Antonio exhibe como un trofeo al lado de las fotos del cartel. ‘La calesita de Antonio’, se titula.

Los dos coinciden en que el barrio cambió su fisonomía, pero no su gente. Le encuentran poca explicación al por qué perdura durante tantos años un entretenimiento que tiene como competencia a los video juegos, computadora y celulares. ‘Nunca se va a terminar’, cree Antonio. ‘Los pibes viene a traer su alegría’, dice Rondolino.

Carrousel

Así como su padre le otorgó el legado de manejar la palanca y hacerse cargo del carrousel, Antonio no encuentra aquél momento de recambio. Queda pensativo cuando recuerda las profesiones de sus hijos. ‘Uno es bioquímico y el otro ingeniero en computación’, responde Roberto. ‘Alguien va a tener que agarrar. Si no lo hacen ellos, se lo daré a mis nietos’, intenta apaciguar Antonio.

Una historia de vida que junto al paso de los años también ya es una parte importante de Barracas y alrededores y seguramente varias generaciones gozaron a pleno con el carrousel de Antonio.

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