Pasaron más de 140 años de lo que fue la epidemia de fiebre amarilla que puso en jaque al país. Por estos días el brote que se anunció en el vecino país de Brasil otra vez trae el recuerdo de aquellas jornadas tan tristes para la población argentina. Hoy los especialistas advierten que si bien las condiciones han cambiado, hay que estar alerta porque puede darse una nueva ‘fiebre amarilla’. Fue exactamente a fines de enero de 1871 cuando la enfermedad irrumpió silenciosamente en la ciudad de Buenos Aires y diezmó, en sólo tres meses, a la población porteña con 14 mil muertos y 100 mil enfermos. Ese virus mortal, desconocido por entonces, era la fiebre amarilla, que por esas épocas lapidaba sin piedad y tiempo a las personas, y aparecía allí, en las zonas urbanas donde reinaban el hacinamiento, la pobreza y la falta de higiene. Según cuentan los historiadores, los tres primeros casos se detectaron el 27 de enero en los conventillos del barrio de San Telmo. Si se hace una comparación para medir la magnitud del desastre, la ciudad de Buenos Aires para esa época tenía 190.000 habitantes, de los cuales la mitad era extranjera. Los muertos y enfermos por la fiebre endémica equivaldrían hoy, teniendo en cuenta la población actual de la capital argentina, a 219 mil y 1.578.000, respectivamente.
Los profesionales informaron a la Municipalidad que habían detectado esos casos pero para que el miedo no se apodere de la población decidieron no informarlo. Ese silencio hizo que los enfermos sigan apareciendo y para fines de febrero, por día perecía un número que llegaba más o menos a diez. Y sin dudas el gran error que se cometió fue permitir que los tradicionales carnavales de febrero se hagan con normalidad por lo que las concentraciones en bailes y corsos fueron el disparador de la enfermedad. En una semana se cuadruplicaron los muertos y la enfermedad brotaba en todas las familias, sin importar su condición social. Las empresas fúnebres hacían su negocio y los carpinteros abandonaban sus talleres para construir los féretros. Ahí se produjo un fenómeno nunca visto hasta entonces. Las familias más pudientes de la ciudad decidieron abandonar los barrios y así fue que Pompeya y Barracas fueron perdiendo población que se instaló en zona norte para escaparle a la enfermedad. La falta de infraestructura, la ausencia de cloacas, hizo que la situación se desborde y no quedó otra que cerrar bancos y negocios, el puerto se paralizó y las escuelas no recibían a los chicos. La capital argentina parecía agonizar sin remedio, vaciada por la muerte. La población había quedado reducida a unos 40 mil habitantes.